Miedos absurdos

Hace unos años tuve una infección en el riñón que recuerdo con auténtico horror. Por ciertos errores médicos que ahora no vale la pena mencionar, tardaron casi 6 días en darme un diagnóstico correcto y, en consecuencia, el tratamiento adecuado.
Fueron 6 días de un dolor lacerante e insoportable que no me permitía ni respirar. Un dolor horripilante que hizo que dudara si los vómitos fueron sólo por la infección y si los delirios fueron únicamente producto de la altísima fiebre.
Una tortura interminable que me permitió comprender por qué los Longbottom optaron por la demencia y que subió puntos enteros mi admiración por todas y cada una de las mujeres que han decidido tener más de un hijo a propósito. Porque si el parto doliera la mitad de lo que dolió aquello, nadie tendría hermanos.
¿Exagerada? Eso sólo lo pensaría alguien que nunca ha pasado por algo semejante. Casi una década después siento escalofríos sólo de pensarlo.

Esta alegre anécdota no ha surgido sólo porque sí. Fue lo primero que vino a mi mente hace unas semanas cuando tuve una conversación tipo “¿Cuál es tu mayor miedo?”.
Bien, siendo yo con la gente con la que me suelo relacionar, en realidad la pregunta fue “¿Qué forma adoptaría tu boggart?” (no-fans de Harry Potter, la explicación aquí), pero para el caso es lo mismo.

Dementor_Boggart

Alguien que me conozca bien pensaría que mi mayor miedo serían los dentistas (otra historia para no dormir, es más, creo que el guionista de esta película conoce al cirujano que me quitó mi primera muela del juicio).

Alguien que me conozca muy bien pensaría que mi mayor miedo es no tener algo completamente bajo control, que es algo que tampoco me entusiasma excesivamente.

Pero la triste verdad es que lo que me aterroriza hasta la parálisis es un órgano de mi propio cuerpo. Diez años después del incidente, sigo yendo al médico en pánico ante la más mínima molestia en la zona lumbar, no vaya a ser.

No es que lo tenga en mente todo el tiempo, de hecho rara vez pienso en ello y sin embargo he adquirido hábitos por su causa de los que ni soy consciente. Como me causó un dolor inenarrable hace unos años, ahora vivo a la orden de sus caprichos y soy más que capaz de alterar mis rutinas por su causa. ¡Soy víctima de mi propio riñón!

Parece inofensivo, pero en realidad es un cruel sádico que disfruta del dolor ajeno

Parece inofensivo, pero en realidad es un cruel sádico que disfruta del dolor ajeno

Lo que soy es absolutamente irracional (por si había que aclararlo). Es lo que tienen los miedos, que la mayoría no tienen demasiada explicación ni siquiera cuando están basados en antecedentes. Porque el escenario apocalíptico que fabricamos en nuestra cabeza siempre es mil veces peor que la realidad.

Lo cierto es que seguir asustada a estas alturas es absurdo. Ya sé reconocer los síntomas y me cuido mucho más que entonces. Las posibilidades de que vuelva a pasar algo parecido son prácticamente nulas. Incluso poniéndonos en el peor de los casos, incluso aunque vuelva a tener una infección, sé que no volveré a pasar 6 días en agonía hasta que a alguien se le ocurra hacerme un análisis y/o una ecografía.

Es hora de asumir que el dolor insoportable no volverá.

Y lo que eso implica da casi tanto miedo como todo lo anterior.

Porque, por supuesto, aunque la anécdota de la infección ocurrió y no le deseo esa experiencia ni al peor de mis enemigos y me aterra volver a sentirme así… ese no es mi peor miedo.

Aunque se le parece mucho. Es casi igual de absurdo.

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