3 Recuerdos Agridulces

Una noche normal

“¿Estáis abiertos?”, preguntó la pareja desde la puerta muy tímidamente, casi en un susurro, porque aquel día parecía de mal gusto hablar en voz alta.
David, el gerente del restaurante, les respondió con una sonrisa triste, poco más que una mueca: “Claro, hoy invita la casa”.

En ningún momento se planteó la posibilidad de no abrir. Lo más parecido a una discusión que hubo al respecto fue si era conveniente hacer el crespón negro que se colocaría en la puerta con bolsas de basura, lo único que había a mano, o si se debía buscar un material más adecuado.

David estaba decidido a dar la mejor imagen de normalidad que se pudiera ofrecer. Era lo mismo que deseaban los clientes: “Es que ya habíamos pensado en venir y pensamos…, no parecía bien dejar de hacerlo. Parecía rendirse, dejarles ganar”.

Quisieron que fuera una noche normal, pero no lo era. El puñado de clientes que llegó aquel jueves al restaurante acabó sentado con los camareros, todos pendientes de la radio a falta de tele, intentando entender lo que había pasado mientras luchaban contra el sentimiento de culpa por seguir vivo que toda la ciudad compartía en aquel momento. Porque podían cenar y aferrarse a sus parejas y escuchar la radio y enfadarse con su jefe y volver a casa. Y ellos no.

Nadie aceptó la invitación de David, porque era un jueves como cualquier otro y no había motivo para no pagar su cuenta.

Ni siquiera sabían sus nombres y probablemente nunca los supieron, pero meses después seguían sonriéndose cuando se veían. Con el tiempo, dejaría de ser una sonrisa triste, algo más que una mueca.

El móvil

“¿Para qué tienes el móvil?” fueron sus primeras palabras nada más verme mientras me zarandeaba un poco de pura frustración. Y estoy segura de que durante un largo instante no tuvo claro si abrazarme o zarandearme un poco más fuerte.

No podía culparle, aunque sí era un poco culpa suya. No había podido localizarme en todo el día ni en casa ni en el móvil, pero ¿quién confunde un 3 con un 8 al guardar un teléfono? Además, yo había llamado a media mañana para preguntar por todos y hacerles saber que estaba bien. Si se hubiera llevado mejor con el jefe de cocina, a lo mejor le habrían pasado el recado.

Pero David no estaba para escuchar razones o excusas, así que siguió sacando su preocupación en forma de bronca durante otros 5 minutos, aún agarrándome, probablemente pensando en sacudirme un poco más para asegurarse de que me había llegado el mensaje.

No a muchas personas una regañina de su jefe ha logrado hacerles sonreír, pero no había manera de no hacerlo.

Una disculpa murmurada, una sonrisa tímida y mi mejor mirada de inocencia y casi pude ver el instante en que la angustia dejó paso al alivio.

“Sube a cambiarte, anda” fue el fin de su monólogo. Y aun así tardó otro segundo en dejarme ir.

Meses después, cuando todo era distinto y el cielo ya no era negro, confesó que soltarme en aquel momento requirió toda su fuerza de voluntad. Tuve que besarle, no pude resistirlo. Tampoco habría querido.

Risas

Juraría que fue el sábado, pero podría haber sido el viernes. Llegamos absolutamente empapadas y agotadas después de caminar desde Atocha a Francos Rodriguez porque no hubo forma humana de entrar en el metro o subir a un autobús.
Las calles estaban atestadas de gente y la marea humana no paraba de crecer. Pero nosotras teníamos trabajo y había que llegar al restaurante como fuera.

Y llegamos. Una hora tarde y caladas hasta los huesos.

No nos dijeron nada por el retraso, quizás porque sabían de dónde veníamos o quizás porque dábamos tanta lástima como un par de gatos mojados. Aunque no logramos evitar la mirada paternalista que decía claramente “vaya dos”.

Dejamos un rastro de barro y agua hasta el vestuario y la ropa cayó con un “chof” al suelo. Entonces nos vi en el reflejo del espejo y la carcajada se me escapó casi sin darme cuenta. Al principio Natalia me miró como si estuviera absolutamente loca, pero supongo que luego se fijó en el patético cuadro que ofrecíamos descalzas, con nuestra ropa echa un asco a nuestros pies mientras intentábamos secarnos el pelo con servilletas.

Alguien nos encontró un par de minutos después, sentadas juntas en el suelo con la espalda en la pared, aún en ropa interior y sin dejar de reírnos. Después de aquella manifestación, reírse era casi necesario. La alternativa era volver a echarse a llorar.

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