Vacaciones Infantiles

Al fin he tenido mis muy necesarias y merecidas (y realmente cortas) vacaciones y quiero pensar que todo el mundo se alegra de que haya regresado. Menos yo, claro, que no me alegro nada y empecé a echar de menos la playa unos 45 minutos antes de subirme en el tren de vuelta.

Mis vacaciones, como las de la mayoría (sobretodo en estos tiempos) son bastante normalitas y nada glamurosas: la casa familiar en la misma playa a la que he ido desde que tenía 17 días de edad.  Y como no podía ser de otra manera, el pack viene con niños incluidos. Es lo que tienen las casas familiares.

Tampoco es mal sitio para estar

Tampoco es mal sitio para estar

Como mis hermanos y sus amigos son su propia explosión demográfica ambulante, mis tranquilos días de desconexión siempre implican un pequeño y adorable monstruito como mínimo. Y no es nada raro que sean tres o cuatro, sólo para empezar. El día que se junten todos, van a necesitar su propia guardería y probablemente haya lista de espera.

Como yo no tengo hijos, lo cierto es que alucino un poco cuando hay que prepararse para salir a tomar el sol. Una, cuando va sola, coge toalla, libro, gafas de sol, llaves, una botellita de agua y algo de dinero suelto por si apetece tomar algo más y ya bajo con la sensación de que voy cargada como una mula.

Ir con niños implica una bolsa para toallas y ropa para cambiarse; la bolsa de los juguetes; el flotador, manguitos, colchoneta y/o cualquier otro objeto hinchable y que ayude a mantener la cabeza del niño por encima del nivel del agua; el almuerzo, que va en bolsa a parte porque la leche, el zumo, las galletas, los potitos, la fruta y las tortas de maiz ocupan bastante; la sombrilla y la otra sombrilla porque hoy vienen los primos y mejor bajamos dos; y por supuesto, no podemos olvidarnos los varios litros de crema para incordiar a los críos (y a los adultos sin hijos) cada rato.

Y eso para tres horas de playa.

No entiendo como aún no hay servicios de porteadores en los paseos marítimos para ayudarte en el trayecto de vuelta a casa en el que, además, tienes que cargar con el crío absolutamente agotado.

A estas alturas estaréis pensando “menuda quejica”, pero nada más lejos de la realidad. Me impresiona mucho toda la parafernalia, pero me lo paso genial con los enanos, sobretodo porque la tía, cuando ya no puede con su alma y necesita derrumbarse en la toalla y morirse un rato (por piedad), puede decir aquello de “pregúntale a papá, cariño, que seguro que él juega mejor que yo”. A veces hasta cuela.

Y sí, sin duda damos el espectáculo cuando llegamos en plan invasión germana y tomamos posesión de media playa. Y sí, los niños llaman mucho la atención cuando empiezan a gritar muertos de risa porque papá o mamá o el tío les están persiguiendo y haciendo muchas cosquillas.

Y cuando los “adultos” entran en modo ingeniero de minas mientras cavan el hoyo correspondiente del día, pondría sillas, un puesto de palomitas y empezaría a cobrar la entrada.

Y los dioses saben que yo acabo con moratones y agujetas por todo el cuerpo y más que dispuesta a subvencionar una investigación para desarrollar el botón de apagado de sobrinos.

Pero cuando pienso en el padre de detrás de nosotros, que no encontró 10 minutos para jugar con su hijo a las palas o las dos crías de un poco más allá a las que no las dejaban moverse de debajo de la sombrilla…

Y veo las fotos y los vídeos que hacemos. Y mi sobrina me pregunta por teléfono cuando vuelvo a ir a jugar con ella…

Bueno… mis vacaciones nos estarán llenas de glamour, pero desde luego hay destinos peores.

Niñas de papá

Hoy intentaré ser breve (y las carcajadas se escucharon hasta en el rincón más oculto del universo). No, en serio, esta vez sí.

Me encanta el día del padre. Es uno de mis días favoritos del año. Supongo que es lo que tiene ser un poco niña de papá, aunque sea a mi extraña manera.

Pero el verdadero motivo para que me guste tanto es porque me parece el momento perfecto para recordar un par de cosas fundamentales que a veces tenemos cierta tendencia a olvidar (bueno, vosotros, que yo lo tengo en mente todo el día):

1. Hay gente que nació para tener hijos. Son esa clase de personas que ves con su bebé en brazos y te devuelve la fe en la raza humana sólo con ese gesto. Es algo que, por suerte, puedo presenciar con mucha frecuencia, pero que no deja de asombrarme. Tras 72 horas bañada en esa sensación, puedo prometer que la vuelta a la realidad ni siquiera parece tan mala, después de todo, aún hay esperanza en el mundo (sí, lo sé, me pongo muy cursi de vez en cuando).

2. Una familia es mucho más que genes y biología. Un espermatozoide o un óvulo en el lugar y momento correcto no te convierte en padre. Engendrar a un hijo es fácil, lo complicado es lograr que crezca feliz y sabiéndose lo más importante del mundo para alguien.

Ya verás qué bien nos lo vamos a pasar

Ya verás qué bien nos lo vamos a pasar

Así que muy feliz día del padre a todos los que tengáis hijos, biológicos o no, por elección, por falta de opciones, porque no había nadie más que lo hiciera o porque quisisteis. Feliz día a todos.

Y gracias. Espero que haya muchas más niñas (y niños) de papá en el futuro.

Jueviernes

Adoro los jueviernes, son el mejor invento del mundo. Llegar al trabajo sabiendo que por delante te esperan tres días de desconexión y olvido es absolutamente maravilloso. Saber, además, que tus compañeros no van a disfrutar de semejante privilegio lo hace casi mejor (sí, no es una actitud de buena persona, pero es imposible no sentirlo).

No he encontrado ninguna canción que hable de los jueviernes (aunque seguro que las hay), pero el Invierano de Phineas y Ferb sirve casi igual de bien.