Si no es por no ir…

Imaginemos la escena:
Una persona entra en la consulta del médico porque le duele mucho la garganta. Después de un examen rápido, el médico concluye que lo que tiene el paciente son anginas y que con un antibiótico estará perfectamente en unos pocos días. El paciente responde:
P: No, no. Si yo sé lo que tengo. Lo que me ocurre es que tengo digestiones muy pesadas y los ácidos del estómago crean vapores que me suben hasta la garganta y me causan irritación. Lo que necesito es algo para el estómago.
M: Disculpe, pero por lo que he podido ver su estómago está perfectamente y no he encontrado ninguna prueba de lo que me indica. Lo único que tiene es una infección de caballo en la garganta. Y necesita antibióticos.
P: Quite, quite. Lo que necesito es un antiácido bueno y que me dé una dieta para no tener unas digestiones tan pesadas, lo demás se cura solo.
M: Si quiere, yo le receto el antiácido y la dieta, pero aún así necesita el antibiótico. Tiene unas placas de pus del tamaño de pelotas de golf y como la infección se le suba al oído, le va a doler de tal forma que la muerte le parecerá un piadoso consuelo.
P: Pero, vamos a ver, ¿quién va a saber más de mi cuerpo, usted o yo?

Sinceramente, no sé qué haría el médico estándar en este caso. Supongo que mandarle a freír monas y que agonice con su futura infección de oído va en contra del juramento hipocrático, pero vete tú a saber.
Imagino que todos los médicos y enfermeros del mundo tendrán una anécdota similar a ésta. En comunicación pasa con alarmante frecuencia. Pero mientras que en medicina la gente ajena a la profesión piensa “el paciente es un idiota”, en comunicación lo que la mayoría piensa es “pues claro que conoce mejor la empresa que el subcontratado éste que acaba de aterrizar aquí”.

Hace unos días tuve que enfrentarme a una situación similar. Alguien me pidió, como favor, que ayudara a redactar una nota de prensa para informar de un cambio de logotipo en su empresa. Cuando nos reunimos para ver el enfoque, me explicaron que lo que querían era una nota muy corporativa que cantara loas y alabanzas a la compañía.

Con todo el tacto del mundo, les expliqué que ni la empresa ni el cambio de logo sería noticia en ningún lugar pero que sí podríamos crear más interés si lo planteábamos desde un punto de vista más informativo y humano (había material más que suficiente para hacerlo) y menos promocional.

Después de tres días de reuniones y de mil argumentos, desecharon todas y cada una de mis propuestas. En lo que a ellos respectaba, conocían mejor el funcionamiento de los medios de provincias (nuestro objetivo), del proceso de selección de noticias o de la forma de razonar de un periodista.

El hecho de que yo sea periodista y, entre otras cosas, haya trabajado seleccionando noticias en un periódico de provincias fue totalmente irrelevante. Ellos sabían cómo funcionan estas cosas, yo soy demasiado joven y además no entiendo el negocio, así que mejor hacerlo a su manera. A veces me pregunto muy seriamente qué edad cree la gente que tengo.

A la 18ª “quita, quita, que nosotros sabemos lo que decimos” dejé de intentarlo. Era evidente que no les iba a hacer cambiar de opinión y darse de cabezazos contra una pared deja de ser divertido al cabo de un rato.

Sin embargo, reconozco que es algo que me sigue costando entender. No el que la gente decida hacer las cosas a su manera, sino el que se gaste dinero en pedir consejo para luego ignorarlo. Porque, parafraseando al gran José Mota, no es por no ir, pero ir pa’na’ es tontería.

¿Por qué pedir opinión de algo si ya tienes decidido cómo va a ser desde el principio? ¿Para qué molestarse en buscar un especialista si no piensas hacer caso a absolutamente nada de lo que te diga (salvo que coincida con tu opinión, claro)? ¿Es para tener a alguien a quien echar la culpa cuando todo salga mal, como efectivamente ocurrió?

Éste debió de ser mi aspecto en varios momentos de la conversación

Éste debió de ser mi aspecto en varios momentos de la conversación

La verdad es que no sé muy bien cómo sentirme al respecto. Sé que hice el mejor trabajo posible dadas las condiciones impuestas y sé que mis consejos y sugerencias fueron buenos y adecuados. Y aún así, no puedo dejar de pensar que quizás debí insistir más.
Llega un momento en que debes asumir que, al final, la última palabra es de la persona que pone el dinero y el nombre, pero no deja de ser muy frustrante saber que se ha hecho algo mediocre de donde podría haber salido algo bueno.

Aunque, siendo sincera, lo que realmente duele es saber que has hecho algo mediocre cuando podrías haber hecho algo muy bueno. Incluso aunque no afecte en absoluto a tu reputación, se siente, como mínimo, como una pérdida de tiempo y energía.

Alguna vez he oído por ahí que todos los españoles llevan un entrenador y un político frustrado dentro, que podría arreglar todos los problemas de su equipo favorito, la selección y el país si les diesen la oportunidad.

Creo que con la comunicación existe la misma percepción y cualquiera capaz de escribir sin demasiadas faltas de ortografía lleva un Director de Comunicación o un pequeño Woodward agazapado en su interior. A veces desearía que todos siguieran agazapados y calladitos.

Dioses de la Tecnología

Ya hace años, era frecuente oírme decir frases como “no está estropeado, es que tiene una personalidad muy particular y no le gusta todo el mundo” para hablar de alguno de los aparatos que poblaban mi antiguo dormitorio. No había aparato tecnológico en mi posesión que no tuviera, cuanto menos, alguna ligera particularidad: televisiones que sólo se encienden desde cierto ángulo, ordenadores que se ponían en marcha con la sutileza de un avión a reacción al despegar, reproductores de DVD que se saltaban capítulos de forma aleatoria dependiendo de si la serie les gustaba o no (era evidente su preferencia por Expediente X por encima de las Chicas Gilmore)…

Durante mucho tiempo pensé que eran anécdotas aisladas, casualidades. Sin embargo, hace años comencé a sospechar que quizás podría haber algo más tras estos incidentes. Sobre todo después de matar tres ordenadores en menos de dos semanas por el simple hecho de introducir mi clave de acceso en el trabajo. Empezaba a parecer evidente que la tecnología y yo no nos llevábamos bien y esa tendencia sólo ha empeorado en los últimos años hasta llegar a límites insostenibles.

Sherlock Holmes decía que cuando eliminas toda solución lógica a un problema, lo ilógico, por imposible que parezca, debe ser la verdad. Basándome en ese mismo principio, he llegado a la única conclusión posible para explicar los sucesos de los últimos meses: los Dioses de la Tecnología existen, nos vigilan y me odian.

Ni siquiera sé por qué me odian. Llevo semanas pensando en ello, pero no se me ocurre ningún hecho tan desastroso o cruel por mi parte que me haga merecer semejante penitencia. Me están torturando de tal forma que de vez en cuando no puedo evitar entrar en modo David Summers y empezar a tararear “¿qué te he hecho yo?”. A veces incluso llego al “¿por qué eres así?”. Es terrible.

¿Será que me he acercado demasiado a la verdad y temen que revele su existencia? ¿Quizás estoy destinada a acabar con una super-raza de electrodomésticos psicópatas y por eso intentan destruirme desde mi más tierna infancia?

Seguramente estáis pensando que ya se me ha vuelto a olvidar tomar la medicación, pero es la única explicación posible a un móvil de funcionamiento aleatorio, una tele que se ve verde en cuanto se calienta un poco y dos ordenadores portátiles fulminados en menos de dos meses.

Seguro que también os ha pasado a vosotros, pero no habéis sabido distinguir las señales. Ese móvil que se apaga sin avisar la tarde que estás esperando una llamada importante, la tele que se apaga en el momento justo del gol del siglo, el ordenador que se cuelga misteriosamente (borrando todo tu trabajo de las últimas horas) pero que vuelve a funcionar como si nada 3 segundos antes de que el técnico llegue a revisarlo.
Son ellos, son sus pequeñas venganzas pero las disimulan en forma de batería defectuosa o amigo que se ha sentado encima del mando a distancia sin querer.

Y no, el que mi tele y mis portátiles tengan el equivalente tecnológico a la edad de Matusalén o el que yo sea extremadamente torpe y mi móvil acabara en un charco de cerveza no tiene nada que ver con esto.

Los dioses de la tecnología existen, son crueles y vengativos y disfrutan viendo nuestro sufrimiento. No digáis que no os lo advertí.

PD: ¿Veis como tengo razón? Por motivos inexplicables esta entrada, que tendría que haberse publicado a las 9 de la mañana, ha decidido que le daba pereza y he tenido que volver a subirla.
Existen y van a por nosotros.

Miedos absurdos

Hace unos años tuve una infección en el riñón que recuerdo con auténtico horror. Por ciertos errores médicos que ahora no vale la pena mencionar, tardaron casi 6 días en darme un diagnóstico correcto y, en consecuencia, el tratamiento adecuado.
Fueron 6 días de un dolor lacerante e insoportable que no me permitía ni respirar. Un dolor horripilante que hizo que dudara si los vómitos fueron sólo por la infección y si los delirios fueron únicamente producto de la altísima fiebre.
Una tortura interminable que me permitió comprender por qué los Longbottom optaron por la demencia y que subió puntos enteros mi admiración por todas y cada una de las mujeres que han decidido tener más de un hijo a propósito. Porque si el parto doliera la mitad de lo que dolió aquello, nadie tendría hermanos.
¿Exagerada? Eso sólo lo pensaría alguien que nunca ha pasado por algo semejante. Casi una década después siento escalofríos sólo de pensarlo.

Esta alegre anécdota no ha surgido sólo porque sí. Fue lo primero que vino a mi mente hace unas semanas cuando tuve una conversación tipo “¿Cuál es tu mayor miedo?”.
Bien, siendo yo con la gente con la que me suelo relacionar, en realidad la pregunta fue “¿Qué forma adoptaría tu boggart?” (no-fans de Harry Potter, la explicación aquí), pero para el caso es lo mismo.

Dementor_Boggart

Alguien que me conozca bien pensaría que mi mayor miedo serían los dentistas (otra historia para no dormir, es más, creo que el guionista de esta película conoce al cirujano que me quitó mi primera muela del juicio).

Alguien que me conozca muy bien pensaría que mi mayor miedo es no tener algo completamente bajo control, que es algo que tampoco me entusiasma excesivamente.

Pero la triste verdad es que lo que me aterroriza hasta la parálisis es un órgano de mi propio cuerpo. Diez años después del incidente, sigo yendo al médico en pánico ante la más mínima molestia en la zona lumbar, no vaya a ser.

No es que lo tenga en mente todo el tiempo, de hecho rara vez pienso en ello y sin embargo he adquirido hábitos por su causa de los que ni soy consciente. Como me causó un dolor inenarrable hace unos años, ahora vivo a la orden de sus caprichos y soy más que capaz de alterar mis rutinas por su causa. ¡Soy víctima de mi propio riñón!

Parece inofensivo, pero en realidad es un cruel sádico que disfruta del dolor ajeno

Parece inofensivo, pero en realidad es un cruel sádico que disfruta del dolor ajeno

Lo que soy es absolutamente irracional (por si había que aclararlo). Es lo que tienen los miedos, que la mayoría no tienen demasiada explicación ni siquiera cuando están basados en antecedentes. Porque el escenario apocalíptico que fabricamos en nuestra cabeza siempre es mil veces peor que la realidad.

Lo cierto es que seguir asustada a estas alturas es absurdo. Ya sé reconocer los síntomas y me cuido mucho más que entonces. Las posibilidades de que vuelva a pasar algo parecido son prácticamente nulas. Incluso poniéndonos en el peor de los casos, incluso aunque vuelva a tener una infección, sé que no volveré a pasar 6 días en agonía hasta que a alguien se le ocurra hacerme un análisis y/o una ecografía.

Es hora de asumir que el dolor insoportable no volverá.

Y lo que eso implica da casi tanto miedo como todo lo anterior.

Porque, por supuesto, aunque la anécdota de la infección ocurrió y no le deseo esa experiencia ni al peor de mis enemigos y me aterra volver a sentirme así… ese no es mi peor miedo.

Aunque se le parece mucho. Es casi igual de absurdo.

Aprender a Quejarse

En este país nos quejamos poco, al menos como clientes, pero sobretodo nos quejamos mal.

Esta es una de esas afirmaciones que puede entrar en la antología de “echarse piedras sobre su propio tejado” teniendo en cuenta a lo que dedico mis horas de trabajo. Aunque supongo que, precisamente por eso, no dejo de alucinar profundamente con las cosas que me encuentro todos los días.

No se trata únicamente de que no conozcamos nuestros derechos como consumidores, que no tenemos ni idea. Eso no me preocupa, se soluciona consultando a Facua o a la OCU o cualquier de los varios cientos de webs y blogs que hay por ahí al respecto.

Lo que me llama la atención es el altísimo porcentaje que llama convencido de que las empresas (en general, independientemente del sector o tamaño) forman parte de un intrincado gobierno en la sombra con poder para hacer cosas que rozan la magia. Más o menos una mezcla entre el Hogwarts de Harry Potter y el FBI de Fox Mulder.

Muy bonito pero poco práctico para montar unas oficinas

Muy bonito pero poco práctico para montar unas oficinas

 

Si de verdad queréis conseguir que os hagan   caso, he aquí algunas cosas que deberíais tener en cuenta la próxima vez que queráis reclamar algo, sobretodo si no es a una macro corporación.

Si eres amable con ellos, suelen ser amables contigo

Es verdad que no siempre pueden ayudarte. Pueden ser problemas de políticas de empresa, puede ser mala organización en el servicio (lo que pasa bastante en empresas grandes o con el departamento de atención externalizado) o puede ser el universo conspirando.

Eso no significa que la persona que te esté atendiendo en un mostrador, al otro lado del teléfono, correo electrónico o red social correspondiente sea un vago, un pasota, una mala persona o cómplice de una organización de timadores.
La mayoría sólo trabaja ahí e intentan hacer su trabajo lo mejor posible igual que el resto.
Y si te pones agresivo, lo normal es que el otro se ponga a la defensiva.

Un gerente de restaurante con el que salía hace años solía ser sorprendentemente solícito con la gente que ponía una hoja de reclamaciones, tuvieran razón en su reclamación o no. Si habían sido educados, no habían perdido los nervios y, sobretodo, no habían tratado mal a sus empleados, no sólo les llevaba la hoja (lo que es obligatorio por ley) si no que les explicaba detalladamente cómo tenían que rellenarla y dónde debían llevarla para que Consumo tuviera constancia.
Si tenían razón, además no pagaban la cuenta.

No importaba si los clientes estaban enfadados o no, si habían sido secos o si no habían querido escuchar justificaciones. Lo único que pedía era que fueran educados y tratasen a los camareros con el respeto que merecen.
No parece mucho pedir, pero las estadísticas demuestran que lo era.

La diferencia entre gritar e insultar o mantener la calma puede ser la diferencia entre que tu interlocutor se limite a hacer lo mínimo imprescindible (o menos) o que de verdad busque la forma de ayudarte.

Las empresas no hacen magia

Es comprensible que quieras una solución para tu problema y lo quieras lo antes posible, pero, por increíble que parezca, la magia no existe y la teletransportación, por el momento, sólo es real en la ciencia-ficción y para los superhéroes (aunque se está trabajando en ello).

A veces hay que hacer un poco de investigación para averiguar exactamente qué ha pasado y poder dar una solución, a veces las mensajerías pierden los paquetes y a veces, lo que tú crees que es un servicio enorme en una empresa en Nicaragua, en realidad son una o dos personas en una oficina a 10 minutos del centro que lo hacen lo mejor que pueden.

Y ahora, repetid conmigo: los community managers son personas, los community managers son personas, los community managers son personas.
Eso significa que no viven pegados a una pantalla de ordenador y de vez en cuando hasta duermen.

Siempre dentro de unos límites aceptables, un poquito de paciencia nunca ha matado a nadie.

Los contestadores automáticos no muerden

Salvo que seas uno de los marcianos de Tim Burton y tengas una sensibilidad mortal a determinadas frecuencias acústicas como pueden ser los pitidos de los buzones de voz, en general los contestadores automáticos son bastante inofensivos, así que no pasa nada si dejas un mensaje.
Y si dejas un nombre y un número de teléfono de contacto hasta te podrías sorprender de los resultados.

Es poco probable que algo así ocurra

Es poco probable que algo así ocurra

Es verdad que puede ser que no siempre suceda, pero en general, si alguien se ha molestado en configurar uno de esos servicios, suele ser para darle utilidad y ya que te has molestado en llamar, al menos prueba, que no tienes nada que perder. Y así, además, la persona encargada de escuchar los mensajes no tiene que oír “vaya mierda” seguido de un clic 25 veces al día. Todo son ventajas.

No todo es una conspiración

Si te piden tu nombre, en la mayoría de los casos es simplemente para poder dirigirse a ti o poder localizar tus datos en caso de que los tengan. No para apuntarte en una lista de personas non gratas para esa organización.

Si te piden una dirección, será porque:
a) van a mandarte publicidad en algún momento del futuro.
b) van a mandarte la resolución de tu queja por escrito.
c) van a reponerte el producto por el que has reclamado.

Habitualmente no hay ninguna opción d) que implique un grupo de caballeros con bates de beisbol especialmente interesados en tus rótulas, en serio.

Y, de verdad, cuando una empresa quiere recoger un producto defectuoso, no es para ocultar las pruebas en un bunker secreto en medio del desierto. Con mails, conversaciones telefónicas (normalmente grabadas) y un ejército de amigos y familiares a los que se lo habrás contado (por no hablar de las redes sociales), se necesitaría uno de esos aparatitos con flash de Men in Black para hacer que todo el mundo lo olvidara.
La mayoría de las veces, sólo querrán comprobar qué ha pasado porque realmente no tengan ni idea.

Déjate ayudar

Como todas las recomendaciones para escribir blogs aseguran que la gente no llega al final de las entradas, quizás debería haber puesto esta recomendación al principio, porque probablemente sea la más importante por muy obvia que parezca. Pero, no lo puedo evitar, me gusta dejar lo mejor para el final.

Está muy bien que llames con la única intención de quejarte porque estás en tu perfecto derecho. Pero si además te ofrecen una solución, ¿por qué no aceptarla?

Negarte a que te repongan el producto o a que te devuelvan el importe no tiene ningún sentido. No va a hacer que la otra persona se sienta culpable y te ofrezca algo mucho mejor, probablemente aunque pudiera hacerlo (que no podrá con casi total seguridad), no se le ocurriría en ese momento.
Tampoco va a pensar que tus principios son fuertes y firmes y que no te dejas comprar por el capital.
Lo único que va a pensar es que el mundo está lleno de gente rara y se pondrá con lo siguiente.

 

Estos cuatro consejillos no obran milagros, pero sí pueden facilitarte mucho la vida. Y si con todo esto, aún así te encuentras con alguien que se niega a ayudarte recuerda el dicho: nunca discutas con un idiota, te bajará a su nivel y te ganará por experiencia.

Presidentes Virtuales

En mi oficina, supongo que como en cualquier otro centro de trabajo del planeta, solemos tener largas charlas de sobremesa sobre prácticamente cualquier tema imaginable: desde Bárcenas al partido de ayer, pasando por la serie de turno o las posibilidades de sobrevivir a un ataque zombie (bueno, vale, puede que ésta última no la tenga todo el mundo).

Hace un par de semanas, en una de esas intensas conversaciones sobre Dios-sabe-qué, hablé de los periodistas en primera persona del singular (es decir, incluyéndome a mí misma) hasta que un compañero me dijo “tú no eres periodista”. “Si no trabajas de periodista no puedes decir que eres periodista, ¿no?”, aclaró.

No había ninguna malicia en ello, era una duda sincera. Yo le expliqué que me consideraba periodista y que esperaba poder ejercer relativamente pronto de una forma u otra (cosa poco inteligente a decir cuando quieres que te renueven el contrato, por cierto) y ahí se quedó la cosa.

Al menos en la oficina, porque yo no he sido capaz de dejar de darle vueltas desde entonces. Llevo semanas enteras pensando en el tema, queriendo sacar un post donde explicar por qué sí soy periodista, lo que significa el periodismo para mí y lo increiblemente doloroso que sería el tener que renunciar a mi profesión definitivamente.

Confieso que es algo tan personal e intrínseco a mí, que me cuesta mucho encontrar las palabras adecuadas para que tenga sentido fuera de mi cabeza. Así que aún no he encontrado una buena respuesta. Sin embargo, a pesar de mis dudas y ligera crisis de identidad, sí que tengo algunas cosas claras.

Ayer vi esto:

Mariano, el intangible

Mariano, el intangible

Y eso no es periodismo. Es poco más que una pantomima que lucha para decidirse entre la vergüenza y el patetismo.

No culpo a los periodistas por ir. En contra de la creencia popular, resulta que también son personas con necesidades, casas e hijos que cuestan dinero y no se alimentan solo de principios morales y premios Pulitzer.

Culpo a los directores de medios y servicios informativos por no plantarse y decir que sin preguntas (o al menos una persona física) no hay cobertura. Que para hacer esto, casi mejor que les manden un vídeo con el bruto o una nota de prensa y ya usarán ellos lo que consideren. O no. Que no se prestarán a teatros y ridiculeces de niños cobardicas.

Lo que si merece un tirón de orejas es el hecho de no hacer ninguna muestra de protesta por estar ahí, más allá de la cara de asco.

A los 13 o 14 años nos negamos a coger apuntes en una clase porque la profesora había hecho algo que nos pareció injusto. En la universidad, recibimos a un profesor a lo largo de una semana dándole la espalda porque era un cabrón (sin paliativos, había que estar en su clase para entenderlo). En Panamá, durante 24 horas todos los periodistas fueron de luto en apoyo a un compañero insultado por el presidente del país.

Si unos críos de colegio y unos adolescentes hiperhormonados pudieron encontrar una forma de ponerse de acuerdo y dejar clara su opinión, creo que un grupo de adultos profesionales también debería ser capaz.

Lo que esta pasando con el gobierno de Mariano Rajoy a nivel de prensa está siendo ridículo. Que lo aceptemos cabizbajos con cristiana resignación porque no se puede hacer nada es humillante, para los compañeros y para los ciudadanos que representan.

Estoy segura de que en el futuro veremos mas “comparecencias” de éstas (me niego a llamarlas ruedas de prensa). Espero poder ver también algo de lo que sentirme orgullosa.

En cuanto al señor Rajoy, ¿alguien podría mostrarme una prueba de vida? A estas alturas empiezo a sospechar que tanto esfuerzo por ocultarse de la prensa es porque es un doble, o una simulación digital o una marioneta de las de Jim Henson. Si es esta última situación, si se me permite elegir, prefiero a Gustavo. A lo mejor resulta que la Troika lo tiene secuestrado y lo que intenta es enviarnos un mensaje para que le rescatemos, ¿quién sabe?.

Mi opinión sobre estas muestras de cobardía sin precedentes en un político de un país civilizado me la voy a guardar. Total, no es como si les importara en lo mas mínimo (ni la mía ni la de nadie) y como le de rienda suelta voy a acabar con una úlcera sangrante que no me podré permitir tratar.

El Post Que No Fue

Hoy tenía preparado otro post. Uno de esos en los que me pongo intensa y es imposible rebatir mis argumentos. Era un buen texto, quizás no el más brillante de mi vida, pero sí bueno. Sólo que no le iba a gustar a nadie. O mejor dicho, nadie iba a admitir que le había gustado. Mucho menos que pudiera tener razón.

Así que siguiendo el consejo de dos personas mucho más inteligentes que yo, he decidido aparcarlo, al menos por un tiempo. Supongo que hasta que se me termine de cruzar el cable.

Sin embargo, como no se me da bien callarme cuando tengo algo que decir, me limitaré a lo siguiente:

1. Lo que está mal, está mal, aquí y en la República China. Ignorar a más de la mitad de la población y convertir en mártires al resto por motivos políticos o para ganar votos es una de esas cosas. No creo que una buena acción compense la perfidia de las intenciones.

2. Odio las estadísticas, aún más las que intentan hacer de mí un simple dato más. No todo se puede medir en números y los números no siempre dicen toda la verdad. A Mark Twain, que se supone que era un tipo inteligente, se le atribuye la expresión “existen tres tipos de mentiras:  las mentiras, las grandes mentiras y las estadísticas”. A lo mejor entendía algo que el resto no.

3. Si el mundo estuviera hecho para verse en blanco y negro, no existirían los colores. Y yo soy de esas a las que, aunque no sepa combinarlos, la caja de 36 de Plastidecor siempre le ha parecido insuficiente. Dejemos los grises y sus sombras a la mala literatura.

4. Pablo Neruda no era un romántico. Sería un escritor fantástico (ni se me ocurre discutirlo), pero también era un poco capullo. Excepto el último de los famosos 20 poemas y la Canción Desesperada, el resto son un compendio de motivos de divorcio. ¿“Me gusta cuando callas porque estás como ausente y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca”? ¿En serio? Pues a mí me vas a gustar mucho más cuando te pierda de vista para siempre, listo, que luego ya llorarás por “el dolor que ella me causa“.

Bien, ya me he desahogado y me siento muchísimo mejor. Ahora, como deberes, deberíais veros todos los capítulos de El Ala Oeste de la Casa Blanca en los que salga Ainsley Hayes (unos 10 entre la 2ª y 3ª temporada), rubia, republicana y uno de los mejores personajes secundarios de la historia.

Bailar una bossanova en albornoz en la Casa Blanca no está al alcance de cualquiera

Adoctrinamiento

El tema del día es la educación infantil. Específicamente la mía. Porque cuantos más años pasan, más convencida estoy de que yo no fui educada, fui debida (y eficazmente, todo hay que decirlo) adoctrinada.

En realidad, hace años que lo sospecho. Más o menos desde el final de mi primer año de universidad, cuando mi hermano mayor consiguió que me auto-echara la bronca yo solita sin ayuda de nadie. Todo lo que él hizo fue llamarme y decir “¿Qué tal los exámenes?”. Después de unos 10 minutos de un monólogo cargado de divagaciones acabé confesando (y regañándome por ello) que había suspendido dos.
En defensa de mi hermano diré que hizo enormes esfuerzos por no reírse. Por si cabe alguna duda, falló estrepitosamente.

La cosa es aún peor ahora que vivo sola. Lo empecé a notar desde los primeros días. Llegas a casa con una compra grande, cansada de colocar cosas, mover cajas y cargar bolsas. Lo único que quieres es desplomarte en tu sofá y morirte un rato. Y ahí es cuando la oyes por primera vez. Esa voz. La voz de tu conciencia (que tiene un parecido tremendamente sospechoso con el hermano que usa sus poderes Jedi para que te auto-regañes).
En casa no se está con ropa de la calle.
Y piensas: paso. Estoy echa polvo, no me voy a mover del sofá. Es mi ropa y a nadie le importa si se arruga o no. Además, esa era la regla de los uniformes del colegio porque la falda tenía que durar toda la semana. No voy a moverme. No voy a moverme.

Y tú no quieres, pero te levantas a cambiarte porque la voz en tu cabeza te lo ordena y desde el momento en que la oíste, las posibilidades de echarte una siesta tranquila han descendido a números negativos.

¿Control mental Jedi entre nosotros?

¿Control mental Jedi entre nosotros?

Ya está, ya has cedido una vez y es como abrir una compuerta sin botón de cerrado. Te sorprendes a ti misma agobiada cuando vas a salir a la calle con el pelo mojado porque luego te quejarás de que te duele la garganta.
Cuando te da pereza hacerte una cena en condiciones y optas por unos cereales y un colacao puedes escuchar claramente un “eso no será todo lo que vas a comer, ¿verdad?”.

El acabose llega cuando te despiertas en plena noche, te levantas medio zombie a por agua porque estás muerta de sed y tu cerebro se pone a gritar a pleno pulmón ¡¡¿DESCALZA!!?. Lo que realmente quieres contestar es ¡Sí, joder, sí! Tengo 30 años, vivo en mi casa y voy descalza si quiero. Pero claro, si eso no se lo dices al original, mucho menos a la versión histérica e histriónica que parece haber acampado en lo más recóndito de tu psique. Además, todo el mundo sabe que no hay que responder a las voces de tu cabeza, por si acaso.

Así que lo que haces es ponerte lo que sea en los pies y fingir que es porque quieres y no porque le estás haciendo caso a tus alucinaciones auditivas.
Que ya me veo yo en medio de un incendio, el bombero tirando la puerta abajo para sacarme antes de que muera achicharrada y yo diciendo, un momento, señor Bombero, que no encuentro mis zapatillas de andar por casa.

Lo que me resulta más curioso de todo esto, no es el hecho de sentirme poseída y sentir el impulso de llamar al Padre Karras más cercano. Lo que realmente me intriga es que, en realidad, mi hermano no es ni la décima parte de pesado insistente que su versión imaginaria.

Sí, por supuesto que me dio la brasa con deberes, desorden, comida y temas de salud (aunque hay que reconocer que yo cogía anginas en octubre y ya no las soltaba hasta abril, justo a tiempo para empezar con la alergia). Y sí, lo de andar descalzos casi rozaba la obsesión, pero también es verdad que nos criaron en la firme creencia de que esa era la causa de todos los males: desde la menor de las infecciones hasta el peor de los dolores menstruales pasando por el suspenso en química o el dedo de la mano roto jugando en el recreo (no he dicho que la creencia en cuestión tuviera ningún sentido).

Es verdad, insisto, que se preocupaba, pero si me hubiera dado la brasa sólo la mitad que el irritante Pepito Grillo en mi mente, le habría estrangulado con el cinturón de la bata antes de cumplir los 15 años. Y si hay algo de lo que no le cabe la más mínima duda a nadie es que yo adoro a mi hermano, así que no puedo evitar preguntarme cómo diablos lo hizo.

Un buen insecticida es lo que hacía falta

Un buen insecticida es lo que hacía falta

¿Utilizó algún vudú pauloviano para instalarse permanentemente en mi cabeza? No recuerdo ningún sistema de castigos y recompensas, pero a lo mejor ahí está el truco.

Me cuesta más imaginarle poniéndome cintas con mensajes grabados mientras dormía, al más puro estilo “Un Mundo Feliz”, pero lo cierto es que no encuentro muchas más explicaciones a poder oír su comentario sobre mi tardanza en deshacer las cajas del traslado como si estuviera en mi salón. Es que casi podía verle apoyado en la estantería mirando los trastos por el suelo y soltarme un “interesante estilo de decoración” con ese medio descojone sarcástico que sólo puede ser suyo.

No estoy sola

Hablando con algunos amigos al respecto he descubierto que no soy a la única a la que le ha pasado, pero eso no hace que me sienta mejor. Más bien al contrario, me siento casi más paranoica aún. ¿Será alguna conspiración parental de control mental? ¿Existe alguna empresa que se dedique a crear e implantar estos mensajes en el subconsciente? ¿Resulta que la hipnosis sí funciona, mi hermano es un maestro en ese arte y nunca me ha dicho nada?

Mis amigos con hijos niegan cualquier clase de complot, pero claro, si lo hubiera no lo admitirían. Además, probablemente exista algún tipo de contrato de confidencialidad o te obliguen a hacer una Juramento Inquebrantable para guardar silencio, así que no me fío.

Obedece al lider.... digo, no camines descalza

Obedece al lider…. digo, no camines descalza

También podría ser… quizás, supongo… que simplemente hizo su trabajo muy bien (demasiado, para mi gusto) y consiguió, en la medida en la que se lo permitía esta materia prima, inculcarme algo de sentido común y sensatez. Qué feliz me hace en esos momentos en los que me siento culpable por estar jugando con el móvil mientras hago la comida porque en la cocina no se juega.

Por lo menos, me queda el consuelo de saber que las voces en mi cabeza nunca me ordenarán quemar cosas. Eso ya lo hago yo por iniciativa propia.

Pirámides

¡Tengo otra! ¡Tengo otra! ¡Oh, Dios mío! ¡Un mail para una entrevista de trabajo! Y con ésta ya van un total de… puff, dos en un mes. Madre mía, si sigue este ritmo trepidante voy a necesitar a alguien para que me ayude a gestionar mi apretadísima agenda (Advertencia: me da igual cómo le vaya al resto del planeta, al que me diga que ya me puedo dar por contenta con un par de entrevistas al mes le arreo. Luego no digáis que no aviso).

¡Una entrevista! ¿Donde está el champán?

¡Una entrevista! ¿Donde está el champán?

Después de intercambiar dos o tres correos para confirmar sitio y hora, que me recuerden que tengo que ir bien vestida y que me den largas con los detalles de la oferta de trabajo, me planté con toda mi ilusión (y lápiz de ojos con purpurina, pero esa es otra historia) en una oficina de la calle Orense.

Lo primero que llama la atención es el par de personas (supones que azafatos) que esperan en el portal para indicarte el piso y puerta exactos.
Bueno, es un buen detalle y seguro que implica que la empresa en cuestión (de la que no he conseguido averiguar el nombre aún, sólo que es una multinacional) tendrá mucha pasta.
Los otros dos azafatos de la segunda planta y las cuatro personas que están ahí para recibirme me parecen un poco excesivos, pero vete a saber, a lo mejor es una costumbre del país de origen de la compañía.

Y es que hasta que no te pasan a la sala donde tendrá lugar la reunión no te das cuenta. La entrevista grupal de la que te habían hablado no será de unas 10 personas. En esa sala de reuniones, en la que cabría mi apartamento enterito, hay por lo menos otras 120 personas (porque sí, me paré a contar sillas y filas para poder hacer el cálculo y poder alucinar en colores con conocimiento de causa).
Por supuesto, la entrevista grupal no es tal, es en realidad una charla sobre la empresa (de la que por fin descubres el nombre y resulta ser una de esas dedicadas a vender productos dietéticos milagro, perdón, suplementos alimenticios).
No es exactamente lo que estabas esperando, pero no pasa nada. Una charla no va a matarte.

Las entrevistas en grupo ya no son lo que era

Las entrevistas en grupo ya no son lo que era

Mientras esperas pacientemente (o no tanto, la verdad) a que comience, te pasan un test, pero no un bolígrafo. Supongo que dan por hecho que no hay nadie en el mundo que salga a la calle sin uno. Yo, cuando salgo de casa, es lo primero que compruebo. Las llaves, el monedero y el móvil son secundarios, sin un boli yo no me marcho.
Acabamos rellenando el test en cuestión con portaminas, lápices, rotuladores, plastidecores y algún perfilador de ojos hasta que a alguna mente brillante de la organización le pareció adecuado darnos algo con lo que escribir.

El test, además, era interesantísimo y un claro indicador del perfil de empleado que buscaban. Te preguntaban cosas como tu edad, quién te había contactado o cómo y cuándo conociste la compañía.
Pero era la última pregunta la que más pistas daba: “¿Tienes internet en casa?”. Ese es el momento de inquietarse, porque aunque no tengo detalles del puesto, lo que sí tengo claro es que a mí me han llamado (o escrito, lo que sea) para un servicio de atención al cliente post-venta. ¿Para qué quieren saber si tengo internet? ¿Es teletrabajo? No es que tenga problemas al respecto, pero sí que me sorprende porque en este país el concepto de teletrabajo es medio marciano.

Una vez rellenados y recogidos los cuestionarios llega el momento cumbre. Una charla de 45 minutos hablando de una empresa de productos dietéticos. 45 minutos enteros sobre crecimiento de negocio, investigaciones dirigidas por ganadores del Premio Nobel y todos y cada uno de los patrocinios deportivos jamás imaginados por el hombre. No lo habría aguantado ni aunque la empresa hubiera sido interesante, que no lo era.

Productos dietéticos: aún más aburridos de lo que pueda parecer

Productos dietéticos: aún más aburridos de lo que pueda parecer

Supongo que ese es el sistema, debilitarte el cerebro y la voluntad para que no te escandalices cuando llegan a lo que realmente les interesa. Lo que intentan venderte es un sistema de venta fría y, para hacerlo aún mejor, piramidal.

No sabía que existían compañías de venta piramidal en España. Me sorprende aún más que se permita esta forma de negocio en cualquier país civilizado, sin embargo, es verdad que no se obliga a nadie y supongo que si te lo montas bien puedes ganar bastante dinero.

Por si hay alguien en la sala que no lo conozca, explicaré brevemente en qué consiste. Este sistema implica que tus ingresos vienen directamente de las comisiones de venta. Directa y únicamente. Es decir, no hay salario base. Si no hay ventas, no cobras.
Lo que lo hace atractivo es la posibilidad de formar grupos de trabajo cuyos beneficios también te reportan comisiones a ti.

Ejemplo. Yo, decidiendo que jamás tendré un mal mes, me pondré enferma o tendré un accidente que me impida trabajar y continuar formando mi pequeño imperio, me pongo a vender los productos de la importantísima multinacional en cuestión.
Como me va muy bien y además no tengo escrúpulos para liar a amigos, conocidos y familiares, monto un equipo con Pepa, Lucrecia y Hortensia, quienes además de nombres pasados de moda, tiene un talento sorprendente para vender y el añadido de ser muy hacendosas, por lo que cada una de ellas decide formar su propio grupo.

Una vez que llega el cierre de mes yo cobro mis comisiones, cobro por los ingresos de Pepa, Lucrecia y Hortensia y, porque ellos son así de generosos, cobro por las ganancias de cada uno de sus equipos. Ole, ole, ole.

Esta compañía, en concreto, paraba en este tercer nivel, pero supongo que en determinados negocios el sistema se podría repetir ad infinitum. O ad nauseam, dependiendo de tu estado de ánimo.

Sistemas piramidales: esos grandes incomprendidos

Sistemas piramidales: esos grandes incomprendidos

Haciendo un profundo esfuerzo (y pensando en lo graciosa que quedaría una entrada en el blog sobre el tema, para que engañarnos) aguanté como una jabata otros 25 minutos. Sin bostezar ni nada.
Hasta que el hombre que hablaba (o chico, porque si tenía más de 20 años yo soy monja) dijo algo parecido a “y ahora algunos compañeros nos van a hablar de cómo entraron en nuestra empresa y sus experiencias en ella”.

Me gustaría pensar que mi “hasta aquí hemos llegado” fue dicho en un susurro prácticamente inaudible y que hice una salida de lo más discreta, pero soy yo y tampoco me llevo a engaños. Probablemente en el piso de abajo se preguntaron si había un elefante en el edificio.

Me llaman la reina del sigilo

Me llaman la reina del sigilo

Lo gracioso es que detrás de mí comenzaron a salir ríos de gente tan encantados con la “entrevista” como yo. Y lo que terminó de alucinarme es que la mayoría (si no todos) íbamos medio engañados. O más bien, engañados del todo. Yo pensaba que era un servicio de atención post-venta, pero es que las chicas que iban conmigo en el ascensor pensaban que venían a entrevistas de asistente personal, secretaria y teleoperadora de recepción.
Lo mismito, vamos

La que sí dolió

El problema es que no todos los sistemas piramidales parecen un timo o una variante de la esclavitud. Lo malo, es que hay algunos que de verdad tientan.

Un amigo me consiguió otra entrevista en su asesoría financiera… (está bien, han sido más de dos entrevistas en un mes, han sido un total altísimo de cuatro, pero, parafraseando a Amy March: no hacen falta muchas entrevistas, con una es suficiente… siempre que sea la adecuada. Es evidente por el hecho de que sigo sin trabajo que la adecuada aún no ha llegado).

Amy sabía de lo que hablaba

Amy sabía de lo que hablaba

Como iba diciendo, un amigo me consiguió una entrevista en una asesoría financiera. El trabajo (ayudar a la gente normal a ahorrar sin cobrarles nada) no podía gustarme más, la entrevista fue a las mil maravillas, encajaba en el perfil de lo que buscaban como un guante, la empresa pagaría cualquier formación que necesitara y además el entrevistador estaba bastante bueno. No se podía pedir más.

Salí de ahí como en una nube, absolutamente segura no sólo de que había superado la primera fase, si no que iban a hacerme una oferta antes de que acabara la semana. Incluso llamé a mi hermano mayor toda emocionada para contárselo. Y mientras yo le hablaba con toda la ilusión del mundo de mi futuro trabajo, él sólo emitía esos mhps que no son ni un sonido pero que suenan a una sorprendente (e irritante) mezcla de “yo sé algo que tú no sabes” y “angelito mío, que inocente eres” con cierta condescendencia involuntaria. Hay que conocer a mi hermano para poder entender en toda su gloria como un simple resoplido puede transmitir tanto.
Así que después del quinto mhps acabé preguntando qué era lo que no le gustaba. Mi hermano, que me quiere y no le gusta quitarme las ilusiones, sólo me dijo “yo no lo aceptaría si no ofrecen salario base”.
“¿Cómo no va a tener salario base?”, respondí casi indignada, “hay que ver lo desconfiado que eres a veces”.

Sólo el tener que darle la razón me jodió molestó más que el que efectivamente no hubiera salario base. ¿Será posible que alguna vez sea yo la que tiene razón y él el que se equivoque? Sólo una vez, si no es tanto pedir.

Volviendo a la asesoría, el motivo para no cobrar a los clientes es que se cobra a las empresas cuyos servicios contratan. Y sí, todo el circo de vivir sólo de comisiones, montar equipos y cobrar por sus ganancias es igualito al anterior.
Es una pena que al señor Iberdrola no le preocupe que coja la gripe y no pueda ir a trabajar.

Caer desde ahí, duele

Caer desde ahí, duele

Al menos me consuelo en que aún no ha aparecido nadie que me diga que debería darle una oportunidad al tema.

Una Explicación Quiero

Señor Rajoy,

que conste que yo no quería. Sé que suena a excusa barata, pero de verdad que no quería. Sólo tiene que echarle un vistazo para darse cuenta de que el mío es un blog buenrollero. No tengo trabajo, ni pareja y voy al super con calculadora, pero lo cuento con mucha gracia y además comparto canciones que me gustan, ja, ja, qué mona soy. ¿Lo ve? Buen rollo.
Y sin meterme con nadie, que nunca se sabe quién puede cotillear tu blog en un momento dado y no está el horno como para perder posibles trabajos por no compartir una opinión con tu futuro empleador.

Sin embargo, después de meditarlo mucho… Bueno, he tomado la decisión en 24 horas, teniendo en cuenta su capacidad de reacción a lo mejor le parece un acto terriblemente impulsivo, pero confíe en mí, en mi caso es todo un ejercicio de contención.
Como decía, después de meditarlo mucho, me he dado cuenta de que en realidad mis posibilidades de conseguir un trabajo en un medio o en un departamento de comunicación en un futuro próximo son tan extremadamente limitadas que en breve empezarán a estar en puntos negativos. Y tragarme la bilis, la mala leche y la frustración acabará por provocarme una úlcera, así que, ya sabe, de perdidos al río. Total, cualquiera que entre en mi twitter ya se puede hacer una idea de lo que tengo en la cabeza.

Esto, más o menos, es lo que hay en mi cabeza ahora mismo

Esto, más o menos, es lo que hay en mi cabeza ahora mismo

Creo que lo primero es dejar un punto meridianamente claro, para que luego no haya ninguna duda: Señor Rajoy, yo no voté por usted.
Y ahora le voy a dar unos minutos que se recupere del shock.
Porque teniendo en cuenta que actúa como si su palabra fuera sagrada y no debiera rendirle cuentas a nadie, doy por hecho que está convencido que no hay una persona con edad legal para votar en este país que no lo haya hecho por usted.

No voy a entrar en los motivos que tuve para no votarle, eso, quizás, será post para otro día, pero sí que voy a darle la mala noticia: me temo que ganó. Y no se crea, me molesta a mí más que a usted. Sea como fuere, la cuestión es que lo hizo, enhorabuena, a la tercera va la vencida y ya es usted Presidente del Gobierno Español. Vivas y bravos.

Ahora maticemos algo: Presidente del Gobierno Español. O sea, de todos los españoles, le votaran o no. Mucho me temo que eso me incluye.
Y, al más puro estilo Berlanga, como presidente mío que es, me debe una explicación.

El balcón es opcional, la explicación no

El balcón es opcional, la explicación no

Tampoco voy a entrar en su velocidad de reacción, en si las informaciones aparecidas son reales o no, ni en lo que opino de la forma en que compareció el sábado. No se trata de eso. Se trata de que yo no he sido, yo no sé nada, a mí no me preguntes y tú más, no son razones, pruebas o explicaciones. Es lo que me dice mi sobrino de nueve años cuando le pillo con su hermano pequeño berreando a su lado. Que conociéndoles, muy probablemente habrá sido un accidente típico de niños, pero sigo queriendo saber qué ha pasado.
Y no se lo creerá, pero espero del Señor Presidente de mi país más argumentación que de mi sobrino (aunque por supuesto, mi sobrino es extremadamente inteligente y locuaz para su edad).

Informes internos

Ya, sí, bien. Han hecho un informe interno (del que no se ha presentando ninguna documentación del proceso, pruebas o investigaciones) que demuestra que el PP está más limpio que una patena.
Estupendo.
No es que dude de la veracidad del informe en cuestión. Es más, yo también soy muy aficionada a los informes internos.
Tengo uno, de un ingeniero aeronáutico que asegura que soy más guapa que Scarlett Johanson y más lista que Stephen Hawking. Es cierto que el ingeniero en cuestión es mi padre, pero tiene más estudios que muchos de sus asesores, así que una cosa por la otra, ¿no?

Sin punto de comparación , vamos. Y sí, el amor de un padre no tiene límite

El amor de un padre no tiene límite

Si no le convence, tengo más. Un técnico informático lleva casi dos décadas trabajando en un informe que demuestra que, a pesar de mi partida de nacimiento, sigo teniendo 12 años de edad y hasta tiene un amplio apartado explicando por qué debería ser ilegal que llegara a cumplir los 13.
Un administrativo elaboró otro informe que prueba que mi nombre de pila es “Mi Hermanita Pequeña” a pesar de lo que diga mi DNI.
Y un deportista de élite tiene otro que confirma que mi talla es la 36 o al menos eso es lo que se puede deducir por la costumbre que tenía de comprarme ropa en la que mis Barbies habrían tenido problemas para entrar.
Lo admito, son mis hermanos, pero de verdad de la buena que puede confiar en su criterio… más o menos.

Oh, vale, está bien, nos iremos fuera de la familia.
Una consultora de contenidos web puede presentar un informe en el que asegura que soy la hermana gemela perdida de Rosario Dawson y cierta periodista cántabra tiene otro garantizando que soy la mejor periodista y/o relaciones públicas del hemisferio norte.
Puede que sean mis mejores amigas (y sí, mis amigas me quieren muchíííííííííísimo), pero son grandes y reputadas profesionales en lo suyo, así que supongo que cuentan, ¿no?

Como dos gotas de agua

Como dos gotas de agua

En fin, que no entiendo por qué la gente desconfía de los informes internos, si son increíblemente veraces y fiables.
Señor Rajoy, por favor, dígame que nota el sarcasmo.

En cuanto a presentar sus declaraciones de la renta… Siempre creí que era obligatorio para los altos cargos del gobierno y si no es así, creo que debería serlo. En cualquier caso, si hiciera pública una declaración en la que se pudiera demostrar cualquier irregularidad creo que hasta Cospedal exigiría su dimisión, pero no por corrupto, sino por tonto.

De las declaraciones juradas mejor no hablo. Tantos chistes en tan poco tiempo podrían colapsarme hasta la semana que viene.

Explicaciones

Bromas a parte, señor Rajoy, me cuesta muchísimo entender por qué alguien que no tiene nada que ocultar necesita dos días para preparar una comparecencia a puerta cerrada o la problemática en responder a las preguntas de los periodistas, que al fin y al cabo son las preguntas de la gente de a pie (o deberían serlo).

Sé que soy una pesada, pero es que de verdad que quiero una explicación. Una coherente y/o que no insulte mi inteligencia. Y mire que pongo “y/o” que ni siquiera le exijo las dos cosas. Aunque si tengo que elegir, agradecería enormemente que dejen de tratarme como si fuera idiota.
Porque espero con fervor que cuando De Guindos dice que este escándalo no afecta a la imagen de España en el extranjero, en realidad esté pensando que soy medio boba y no me lo voy a cuestionar y no que se lo esté creyendo realmente. Porque, sinceramente, eso me asusta mucho más.

Creo, Señor Presidente, que no termina de entender cómo se siente la ciudadanía. En general, no sólo los de izquierdas o los que no les interesa la política hasta que les afecta o cualquiera que no le haya votado a usted.

La ciudadanía, en general, incluso sus votantes, está tan al límite de su paciencia que es probable que ya haya pasado la raya y del cabreo aún ni nos hayamos dado cuenta. Y parece que no entiende lo que eso implica.

Cuando antes he dicho que no confío encontrar un trabajo en el mundo de la comunicación en un futuro próximo, en realidad, no me he explicado bien. La verdad es que no confío en encontrar un trabajo de lo que sea que me permita cualquier otra cosa que no sea ir tirando.
No tengo casa propia, ni familia propia. No tengo nada que perder, así que, ¿qué podría temer?
Y a esta misma conclusión están llegando o llegarán muchas otras personas. Toda una generación perdida y abandonada a su suerte. Y no sólo ellos. Se unirán padres que se han visto en la calle con sus hijos, madres que se niegan a dejar este legado, abuelos que ven con horror cómo su pensión no es suficiente para alimentar a hijos y nietos en paro.
Dejaremos de ser personas y nos volveremos masa. Y no una masa cualquiera, sino en una masa enfurecida y sin nada que perder.

¿Sabe como funcionan las masas? No son racionales, no se paran a escuchar. Cogen antorchas y horcas y linchan al que se le ponga por delante. Son violentas, volubles, incendiarias y explosivas. Y no paran hasta que terminan.

Es probable que usted, que no tendrá contacto con la realidad en la que vivimos el resto ni por accidente, no se dé cuenta, pero hay un ambiente extraño en el aire. Una sensación de perpetua expectativa. Nadie quiere ser el que tire la primera piedra, pero todo el mundo da por hecho que acabará ocurriendo.

Y mientras, señor Rajoy, usted se niega a responder a mis preguntas porque se siente legitimado en su mayoría absoluta, porque cree que no me debe explicaciones, porque está completamente seguro de que no ocurrirá nada de nada.
Espero de corazón que no se equivoque, no tengo ganas de una Primavera Árabe versión española. Aunque, ¿qué quiere que le diga? María Antonieta tampoco lo vio venir.

Maria Antonieta tiene experiencia con masas enfurecidas. No le fue bien

María Antonieta tiene experiencia con masas enfurecidas. No le fue bien

PD: ¿#yocreoenrajoy? ¿En serio? Si es que vais provocando.