Si no es por no ir…

Imaginemos la escena:
Una persona entra en la consulta del médico porque le duele mucho la garganta. Después de un examen rápido, el médico concluye que lo que tiene el paciente son anginas y que con un antibiótico estará perfectamente en unos pocos días. El paciente responde:
P: No, no. Si yo sé lo que tengo. Lo que me ocurre es que tengo digestiones muy pesadas y los ácidos del estómago crean vapores que me suben hasta la garganta y me causan irritación. Lo que necesito es algo para el estómago.
M: Disculpe, pero por lo que he podido ver su estómago está perfectamente y no he encontrado ninguna prueba de lo que me indica. Lo único que tiene es una infección de caballo en la garganta. Y necesita antibióticos.
P: Quite, quite. Lo que necesito es un antiácido bueno y que me dé una dieta para no tener unas digestiones tan pesadas, lo demás se cura solo.
M: Si quiere, yo le receto el antiácido y la dieta, pero aún así necesita el antibiótico. Tiene unas placas de pus del tamaño de pelotas de golf y como la infección se le suba al oído, le va a doler de tal forma que la muerte le parecerá un piadoso consuelo.
P: Pero, vamos a ver, ¿quién va a saber más de mi cuerpo, usted o yo?

Sinceramente, no sé qué haría el médico estándar en este caso. Supongo que mandarle a freír monas y que agonice con su futura infección de oído va en contra del juramento hipocrático, pero vete tú a saber.
Imagino que todos los médicos y enfermeros del mundo tendrán una anécdota similar a ésta. En comunicación pasa con alarmante frecuencia. Pero mientras que en medicina la gente ajena a la profesión piensa “el paciente es un idiota”, en comunicación lo que la mayoría piensa es “pues claro que conoce mejor la empresa que el subcontratado éste que acaba de aterrizar aquí”.

Hace unos días tuve que enfrentarme a una situación similar. Alguien me pidió, como favor, que ayudara a redactar una nota de prensa para informar de un cambio de logotipo en su empresa. Cuando nos reunimos para ver el enfoque, me explicaron que lo que querían era una nota muy corporativa que cantara loas y alabanzas a la compañía.

Con todo el tacto del mundo, les expliqué que ni la empresa ni el cambio de logo sería noticia en ningún lugar pero que sí podríamos crear más interés si lo planteábamos desde un punto de vista más informativo y humano (había material más que suficiente para hacerlo) y menos promocional.

Después de tres días de reuniones y de mil argumentos, desecharon todas y cada una de mis propuestas. En lo que a ellos respectaba, conocían mejor el funcionamiento de los medios de provincias (nuestro objetivo), del proceso de selección de noticias o de la forma de razonar de un periodista.

El hecho de que yo sea periodista y, entre otras cosas, haya trabajado seleccionando noticias en un periódico de provincias fue totalmente irrelevante. Ellos sabían cómo funcionan estas cosas, yo soy demasiado joven y además no entiendo el negocio, así que mejor hacerlo a su manera. A veces me pregunto muy seriamente qué edad cree la gente que tengo.

A la 18ª “quita, quita, que nosotros sabemos lo que decimos” dejé de intentarlo. Era evidente que no les iba a hacer cambiar de opinión y darse de cabezazos contra una pared deja de ser divertido al cabo de un rato.

Sin embargo, reconozco que es algo que me sigue costando entender. No el que la gente decida hacer las cosas a su manera, sino el que se gaste dinero en pedir consejo para luego ignorarlo. Porque, parafraseando al gran José Mota, no es por no ir, pero ir pa’na’ es tontería.

¿Por qué pedir opinión de algo si ya tienes decidido cómo va a ser desde el principio? ¿Para qué molestarse en buscar un especialista si no piensas hacer caso a absolutamente nada de lo que te diga (salvo que coincida con tu opinión, claro)? ¿Es para tener a alguien a quien echar la culpa cuando todo salga mal, como efectivamente ocurrió?

Éste debió de ser mi aspecto en varios momentos de la conversación

Éste debió de ser mi aspecto en varios momentos de la conversación

La verdad es que no sé muy bien cómo sentirme al respecto. Sé que hice el mejor trabajo posible dadas las condiciones impuestas y sé que mis consejos y sugerencias fueron buenos y adecuados. Y aún así, no puedo dejar de pensar que quizás debí insistir más.
Llega un momento en que debes asumir que, al final, la última palabra es de la persona que pone el dinero y el nombre, pero no deja de ser muy frustrante saber que se ha hecho algo mediocre de donde podría haber salido algo bueno.

Aunque, siendo sincera, lo que realmente duele es saber que has hecho algo mediocre cuando podrías haber hecho algo muy bueno. Incluso aunque no afecte en absoluto a tu reputación, se siente, como mínimo, como una pérdida de tiempo y energía.

Alguna vez he oído por ahí que todos los españoles llevan un entrenador y un político frustrado dentro, que podría arreglar todos los problemas de su equipo favorito, la selección y el país si les diesen la oportunidad.

Creo que con la comunicación existe la misma percepción y cualquiera capaz de escribir sin demasiadas faltas de ortografía lleva un Director de Comunicación o un pequeño Woodward agazapado en su interior. A veces desearía que todos siguieran agazapados y calladitos.

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