Adoctrinamiento

El tema del día es la educación infantil. Específicamente la mía. Porque cuantos más años pasan, más convencida estoy de que yo no fui educada, fui debida (y eficazmente, todo hay que decirlo) adoctrinada.

En realidad, hace años que lo sospecho. Más o menos desde el final de mi primer año de universidad, cuando mi hermano mayor consiguió que me auto-echara la bronca yo solita sin ayuda de nadie. Todo lo que él hizo fue llamarme y decir “¿Qué tal los exámenes?”. Después de unos 10 minutos de un monólogo cargado de divagaciones acabé confesando (y regañándome por ello) que había suspendido dos.
En defensa de mi hermano diré que hizo enormes esfuerzos por no reírse. Por si cabe alguna duda, falló estrepitosamente.

La cosa es aún peor ahora que vivo sola. Lo empecé a notar desde los primeros días. Llegas a casa con una compra grande, cansada de colocar cosas, mover cajas y cargar bolsas. Lo único que quieres es desplomarte en tu sofá y morirte un rato. Y ahí es cuando la oyes por primera vez. Esa voz. La voz de tu conciencia (que tiene un parecido tremendamente sospechoso con el hermano que usa sus poderes Jedi para que te auto-regañes).
En casa no se está con ropa de la calle.
Y piensas: paso. Estoy echa polvo, no me voy a mover del sofá. Es mi ropa y a nadie le importa si se arruga o no. Además, esa era la regla de los uniformes del colegio porque la falda tenía que durar toda la semana. No voy a moverme. No voy a moverme.

Y tú no quieres, pero te levantas a cambiarte porque la voz en tu cabeza te lo ordena y desde el momento en que la oíste, las posibilidades de echarte una siesta tranquila han descendido a números negativos.

¿Control mental Jedi entre nosotros?

¿Control mental Jedi entre nosotros?

Ya está, ya has cedido una vez y es como abrir una compuerta sin botón de cerrado. Te sorprendes a ti misma agobiada cuando vas a salir a la calle con el pelo mojado porque luego te quejarás de que te duele la garganta.
Cuando te da pereza hacerte una cena en condiciones y optas por unos cereales y un colacao puedes escuchar claramente un “eso no será todo lo que vas a comer, ¿verdad?”.

El acabose llega cuando te despiertas en plena noche, te levantas medio zombie a por agua porque estás muerta de sed y tu cerebro se pone a gritar a pleno pulmón ¡¡¿DESCALZA!!?. Lo que realmente quieres contestar es ¡Sí, joder, sí! Tengo 30 años, vivo en mi casa y voy descalza si quiero. Pero claro, si eso no se lo dices al original, mucho menos a la versión histérica e histriónica que parece haber acampado en lo más recóndito de tu psique. Además, todo el mundo sabe que no hay que responder a las voces de tu cabeza, por si acaso.

Así que lo que haces es ponerte lo que sea en los pies y fingir que es porque quieres y no porque le estás haciendo caso a tus alucinaciones auditivas.
Que ya me veo yo en medio de un incendio, el bombero tirando la puerta abajo para sacarme antes de que muera achicharrada y yo diciendo, un momento, señor Bombero, que no encuentro mis zapatillas de andar por casa.

Lo que me resulta más curioso de todo esto, no es el hecho de sentirme poseída y sentir el impulso de llamar al Padre Karras más cercano. Lo que realmente me intriga es que, en realidad, mi hermano no es ni la décima parte de pesado insistente que su versión imaginaria.

Sí, por supuesto que me dio la brasa con deberes, desorden, comida y temas de salud (aunque hay que reconocer que yo cogía anginas en octubre y ya no las soltaba hasta abril, justo a tiempo para empezar con la alergia). Y sí, lo de andar descalzos casi rozaba la obsesión, pero también es verdad que nos criaron en la firme creencia de que esa era la causa de todos los males: desde la menor de las infecciones hasta el peor de los dolores menstruales pasando por el suspenso en química o el dedo de la mano roto jugando en el recreo (no he dicho que la creencia en cuestión tuviera ningún sentido).

Es verdad, insisto, que se preocupaba, pero si me hubiera dado la brasa sólo la mitad que el irritante Pepito Grillo en mi mente, le habría estrangulado con el cinturón de la bata antes de cumplir los 15 años. Y si hay algo de lo que no le cabe la más mínima duda a nadie es que yo adoro a mi hermano, así que no puedo evitar preguntarme cómo diablos lo hizo.

Un buen insecticida es lo que hacía falta

Un buen insecticida es lo que hacía falta

¿Utilizó algún vudú pauloviano para instalarse permanentemente en mi cabeza? No recuerdo ningún sistema de castigos y recompensas, pero a lo mejor ahí está el truco.

Me cuesta más imaginarle poniéndome cintas con mensajes grabados mientras dormía, al más puro estilo “Un Mundo Feliz”, pero lo cierto es que no encuentro muchas más explicaciones a poder oír su comentario sobre mi tardanza en deshacer las cajas del traslado como si estuviera en mi salón. Es que casi podía verle apoyado en la estantería mirando los trastos por el suelo y soltarme un “interesante estilo de decoración” con ese medio descojone sarcástico que sólo puede ser suyo.

No estoy sola

Hablando con algunos amigos al respecto he descubierto que no soy a la única a la que le ha pasado, pero eso no hace que me sienta mejor. Más bien al contrario, me siento casi más paranoica aún. ¿Será alguna conspiración parental de control mental? ¿Existe alguna empresa que se dedique a crear e implantar estos mensajes en el subconsciente? ¿Resulta que la hipnosis sí funciona, mi hermano es un maestro en ese arte y nunca me ha dicho nada?

Mis amigos con hijos niegan cualquier clase de complot, pero claro, si lo hubiera no lo admitirían. Además, probablemente exista algún tipo de contrato de confidencialidad o te obliguen a hacer una Juramento Inquebrantable para guardar silencio, así que no me fío.

Obedece al lider.... digo, no camines descalza

Obedece al lider…. digo, no camines descalza

También podría ser… quizás, supongo… que simplemente hizo su trabajo muy bien (demasiado, para mi gusto) y consiguió, en la medida en la que se lo permitía esta materia prima, inculcarme algo de sentido común y sensatez. Qué feliz me hace en esos momentos en los que me siento culpable por estar jugando con el móvil mientras hago la comida porque en la cocina no se juega.

Por lo menos, me queda el consuelo de saber que las voces en mi cabeza nunca me ordenarán quemar cosas. Eso ya lo hago yo por iniciativa propia.

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2 pensamientos en “Adoctrinamiento

    • Muchas gracias, me alegra que te guste cómo escribo.
      También me ha gustado mucho tu relato, interesante.
      De todas formas, mi post intentaba ser sarcástico y gracioso más que otra cosa. Una ligera burla a mi hermano que a veces es un poco mandón y un pequeño reconocimiento a sus muchos esfuerzos para hacer de mí alguien sensato, no una crítica al sistema educativo o a los valores que nos imponen. De hecho, él hizo todo lo posible para que me convirtiera en una persona independiente y librepensante.
      Aún así, es innegable que a veces más que intentar enseñarnos, intentaban aborregarnos.
      Un saludo

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