3 Recuerdos Agridulces

Una noche normal

“¿Estáis abiertos?”, preguntó la pareja desde la puerta muy tímidamente, casi en un susurro, porque aquel día parecía de mal gusto hablar en voz alta.
David, el gerente del restaurante, les respondió con una sonrisa triste, poco más que una mueca: “Claro, hoy invita la casa”.

En ningún momento se planteó la posibilidad de no abrir. Lo más parecido a una discusión que hubo al respecto fue si era conveniente hacer el crespón negro que se colocaría en la puerta con bolsas de basura, lo único que había a mano, o si se debía buscar un material más adecuado.

David estaba decidido a dar la mejor imagen de normalidad que se pudiera ofrecer. Era lo mismo que deseaban los clientes: “Es que ya habíamos pensado en venir y pensamos…, no parecía bien dejar de hacerlo. Parecía rendirse, dejarles ganar”.

Quisieron que fuera una noche normal, pero no lo era. El puñado de clientes que llegó aquel jueves al restaurante acabó sentado con los camareros, todos pendientes de la radio a falta de tele, intentando entender lo que había pasado mientras luchaban contra el sentimiento de culpa por seguir vivo que toda la ciudad compartía en aquel momento. Porque podían cenar y aferrarse a sus parejas y escuchar la radio y enfadarse con su jefe y volver a casa. Y ellos no.

Nadie aceptó la invitación de David, porque era un jueves como cualquier otro y no había motivo para no pagar su cuenta.

Ni siquiera sabían sus nombres y probablemente nunca los supieron, pero meses después seguían sonriéndose cuando se veían. Con el tiempo, dejaría de ser una sonrisa triste, algo más que una mueca.

El móvil

“¿Para qué tienes el móvil?” fueron sus primeras palabras nada más verme mientras me zarandeaba un poco de pura frustración. Y estoy segura de que durante un largo instante no tuvo claro si abrazarme o zarandearme un poco más fuerte.

No podía culparle, aunque sí era un poco culpa suya. No había podido localizarme en todo el día ni en casa ni en el móvil, pero ¿quién confunde un 3 con un 8 al guardar un teléfono? Además, yo había llamado a media mañana para preguntar por todos y hacerles saber que estaba bien. Si se hubiera llevado mejor con el jefe de cocina, a lo mejor le habrían pasado el recado.

Pero David no estaba para escuchar razones o excusas, así que siguió sacando su preocupación en forma de bronca durante otros 5 minutos, aún agarrándome, probablemente pensando en sacudirme un poco más para asegurarse de que me había llegado el mensaje.

No a muchas personas una regañina de su jefe ha logrado hacerles sonreír, pero no había manera de no hacerlo.

Una disculpa murmurada, una sonrisa tímida y mi mejor mirada de inocencia y casi pude ver el instante en que la angustia dejó paso al alivio.

“Sube a cambiarte, anda” fue el fin de su monólogo. Y aun así tardó otro segundo en dejarme ir.

Meses después, cuando todo era distinto y el cielo ya no era negro, confesó que soltarme en aquel momento requirió toda su fuerza de voluntad. Tuve que besarle, no pude resistirlo. Tampoco habría querido.

Risas

Juraría que fue el sábado, pero podría haber sido el viernes. Llegamos absolutamente empapadas y agotadas después de caminar desde Atocha a Francos Rodriguez porque no hubo forma humana de entrar en el metro o subir a un autobús.
Las calles estaban atestadas de gente y la marea humana no paraba de crecer. Pero nosotras teníamos trabajo y había que llegar al restaurante como fuera.

Y llegamos. Una hora tarde y caladas hasta los huesos.

No nos dijeron nada por el retraso, quizás porque sabían de dónde veníamos o quizás porque dábamos tanta lástima como un par de gatos mojados. Aunque no logramos evitar la mirada paternalista que decía claramente “vaya dos”.

Dejamos un rastro de barro y agua hasta el vestuario y la ropa cayó con un “chof” al suelo. Entonces nos vi en el reflejo del espejo y la carcajada se me escapó casi sin darme cuenta. Al principio Natalia me miró como si estuviera absolutamente loca, pero supongo que luego se fijó en el patético cuadro que ofrecíamos descalzas, con nuestra ropa echa un asco a nuestros pies mientras intentábamos secarnos el pelo con servilletas.

Alguien nos encontró un par de minutos después, sentadas juntas en el suelo con la espalda en la pared, aún en ropa interior y sin dejar de reírnos. Después de aquella manifestación, reírse era casi necesario. La alternativa era volver a echarse a llorar.

Si no es por no ir…

Imaginemos la escena:
Una persona entra en la consulta del médico porque le duele mucho la garganta. Después de un examen rápido, el médico concluye que lo que tiene el paciente son anginas y que con un antibiótico estará perfectamente en unos pocos días. El paciente responde:
P: No, no. Si yo sé lo que tengo. Lo que me ocurre es que tengo digestiones muy pesadas y los ácidos del estómago crean vapores que me suben hasta la garganta y me causan irritación. Lo que necesito es algo para el estómago.
M: Disculpe, pero por lo que he podido ver su estómago está perfectamente y no he encontrado ninguna prueba de lo que me indica. Lo único que tiene es una infección de caballo en la garganta. Y necesita antibióticos.
P: Quite, quite. Lo que necesito es un antiácido bueno y que me dé una dieta para no tener unas digestiones tan pesadas, lo demás se cura solo.
M: Si quiere, yo le receto el antiácido y la dieta, pero aún así necesita el antibiótico. Tiene unas placas de pus del tamaño de pelotas de golf y como la infección se le suba al oído, le va a doler de tal forma que la muerte le parecerá un piadoso consuelo.
P: Pero, vamos a ver, ¿quién va a saber más de mi cuerpo, usted o yo?

Sinceramente, no sé qué haría el médico estándar en este caso. Supongo que mandarle a freír monas y que agonice con su futura infección de oído va en contra del juramento hipocrático, pero vete tú a saber.
Imagino que todos los médicos y enfermeros del mundo tendrán una anécdota similar a ésta. En comunicación pasa con alarmante frecuencia. Pero mientras que en medicina la gente ajena a la profesión piensa “el paciente es un idiota”, en comunicación lo que la mayoría piensa es “pues claro que conoce mejor la empresa que el subcontratado éste que acaba de aterrizar aquí”.

Hace unos días tuve que enfrentarme a una situación similar. Alguien me pidió, como favor, que ayudara a redactar una nota de prensa para informar de un cambio de logotipo en su empresa. Cuando nos reunimos para ver el enfoque, me explicaron que lo que querían era una nota muy corporativa que cantara loas y alabanzas a la compañía.

Con todo el tacto del mundo, les expliqué que ni la empresa ni el cambio de logo sería noticia en ningún lugar pero que sí podríamos crear más interés si lo planteábamos desde un punto de vista más informativo y humano (había material más que suficiente para hacerlo) y menos promocional.

Después de tres días de reuniones y de mil argumentos, desecharon todas y cada una de mis propuestas. En lo que a ellos respectaba, conocían mejor el funcionamiento de los medios de provincias (nuestro objetivo), del proceso de selección de noticias o de la forma de razonar de un periodista.

El hecho de que yo sea periodista y, entre otras cosas, haya trabajado seleccionando noticias en un periódico de provincias fue totalmente irrelevante. Ellos sabían cómo funcionan estas cosas, yo soy demasiado joven y además no entiendo el negocio, así que mejor hacerlo a su manera. A veces me pregunto muy seriamente qué edad cree la gente que tengo.

A la 18ª “quita, quita, que nosotros sabemos lo que decimos” dejé de intentarlo. Era evidente que no les iba a hacer cambiar de opinión y darse de cabezazos contra una pared deja de ser divertido al cabo de un rato.

Sin embargo, reconozco que es algo que me sigue costando entender. No el que la gente decida hacer las cosas a su manera, sino el que se gaste dinero en pedir consejo para luego ignorarlo. Porque, parafraseando al gran José Mota, no es por no ir, pero ir pa’na’ es tontería.

¿Por qué pedir opinión de algo si ya tienes decidido cómo va a ser desde el principio? ¿Para qué molestarse en buscar un especialista si no piensas hacer caso a absolutamente nada de lo que te diga (salvo que coincida con tu opinión, claro)? ¿Es para tener a alguien a quien echar la culpa cuando todo salga mal, como efectivamente ocurrió?

Éste debió de ser mi aspecto en varios momentos de la conversación

Éste debió de ser mi aspecto en varios momentos de la conversación

La verdad es que no sé muy bien cómo sentirme al respecto. Sé que hice el mejor trabajo posible dadas las condiciones impuestas y sé que mis consejos y sugerencias fueron buenos y adecuados. Y aún así, no puedo dejar de pensar que quizás debí insistir más.
Llega un momento en que debes asumir que, al final, la última palabra es de la persona que pone el dinero y el nombre, pero no deja de ser muy frustrante saber que se ha hecho algo mediocre de donde podría haber salido algo bueno.

Aunque, siendo sincera, lo que realmente duele es saber que has hecho algo mediocre cuando podrías haber hecho algo muy bueno. Incluso aunque no afecte en absoluto a tu reputación, se siente, como mínimo, como una pérdida de tiempo y energía.

Alguna vez he oído por ahí que todos los españoles llevan un entrenador y un político frustrado dentro, que podría arreglar todos los problemas de su equipo favorito, la selección y el país si les diesen la oportunidad.

Creo que con la comunicación existe la misma percepción y cualquiera capaz de escribir sin demasiadas faltas de ortografía lleva un Director de Comunicación o un pequeño Woodward agazapado en su interior. A veces desearía que todos siguieran agazapados y calladitos.

Dioses de la Tecnología

Ya hace años, era frecuente oírme decir frases como “no está estropeado, es que tiene una personalidad muy particular y no le gusta todo el mundo” para hablar de alguno de los aparatos que poblaban mi antiguo dormitorio. No había aparato tecnológico en mi posesión que no tuviera, cuanto menos, alguna ligera particularidad: televisiones que sólo se encienden desde cierto ángulo, ordenadores que se ponían en marcha con la sutileza de un avión a reacción al despegar, reproductores de DVD que se saltaban capítulos de forma aleatoria dependiendo de si la serie les gustaba o no (era evidente su preferencia por Expediente X por encima de las Chicas Gilmore)…

Durante mucho tiempo pensé que eran anécdotas aisladas, casualidades. Sin embargo, hace años comencé a sospechar que quizás podría haber algo más tras estos incidentes. Sobre todo después de matar tres ordenadores en menos de dos semanas por el simple hecho de introducir mi clave de acceso en el trabajo. Empezaba a parecer evidente que la tecnología y yo no nos llevábamos bien y esa tendencia sólo ha empeorado en los últimos años hasta llegar a límites insostenibles.

Sherlock Holmes decía que cuando eliminas toda solución lógica a un problema, lo ilógico, por imposible que parezca, debe ser la verdad. Basándome en ese mismo principio, he llegado a la única conclusión posible para explicar los sucesos de los últimos meses: los Dioses de la Tecnología existen, nos vigilan y me odian.

Ni siquiera sé por qué me odian. Llevo semanas pensando en ello, pero no se me ocurre ningún hecho tan desastroso o cruel por mi parte que me haga merecer semejante penitencia. Me están torturando de tal forma que de vez en cuando no puedo evitar entrar en modo David Summers y empezar a tararear “¿qué te he hecho yo?”. A veces incluso llego al “¿por qué eres así?”. Es terrible.

¿Será que me he acercado demasiado a la verdad y temen que revele su existencia? ¿Quizás estoy destinada a acabar con una super-raza de electrodomésticos psicópatas y por eso intentan destruirme desde mi más tierna infancia?

Seguramente estáis pensando que ya se me ha vuelto a olvidar tomar la medicación, pero es la única explicación posible a un móvil de funcionamiento aleatorio, una tele que se ve verde en cuanto se calienta un poco y dos ordenadores portátiles fulminados en menos de dos meses.

Seguro que también os ha pasado a vosotros, pero no habéis sabido distinguir las señales. Ese móvil que se apaga sin avisar la tarde que estás esperando una llamada importante, la tele que se apaga en el momento justo del gol del siglo, el ordenador que se cuelga misteriosamente (borrando todo tu trabajo de las últimas horas) pero que vuelve a funcionar como si nada 3 segundos antes de que el técnico llegue a revisarlo.
Son ellos, son sus pequeñas venganzas pero las disimulan en forma de batería defectuosa o amigo que se ha sentado encima del mando a distancia sin querer.

Y no, el que mi tele y mis portátiles tengan el equivalente tecnológico a la edad de Matusalén o el que yo sea extremadamente torpe y mi móvil acabara en un charco de cerveza no tiene nada que ver con esto.

Los dioses de la tecnología existen, son crueles y vengativos y disfrutan viendo nuestro sufrimiento. No digáis que no os lo advertí.

PD: ¿Veis como tengo razón? Por motivos inexplicables esta entrada, que tendría que haberse publicado a las 9 de la mañana, ha decidido que le daba pereza y he tenido que volver a subirla.
Existen y van a por nosotros.

Doctrinas y lágrimas

Las crónicas dicen que tenía 6 años, aunque sinceramente no lo recuerdo. Los detalles de aquel día no son mayores que los de cualquier otro de hace 25 años.
Sé que me extrañé cuando al despertarme vi que mis hermanos ya se habían ido a su colegio y nadie me había avisado para que yo fuera al mío. “Hoy no vas al cole, cielo”, fue toda la explicación que tuve en ese momento, supongo que porque mi madre tenía que pensar qué diablos iba a hacer ese día conmigo y no estaba para contar historias.
En el taxi, camino de su trabajo, volví a preguntar por qué yo no tenía colegio ese día y mis hermanos (que iban a otro) sí. Después de la pregunta un millón, mi madre acabó por contarme que unas personas muy malas habían roto todos los cristales y que con el frío que hacía, no podíamos dar clase. Cuando pregunté, con toda mi ingenuidad infantil, si habían sido los chicos malos del instituto de al lado, me gané una sonrisa triste del taxista. “No, cariño, no han sido los chicos del instituto”.

Era 23 de noviembre de 1988 y sólo unas horas antes un comando itinerante de ETA había volado una de las paredes del Cuartel General de la Guardia Civil que está a 100 metros de mi colegio. La onda expansiva fue tan salvaje que ni uno solo de los cristales de mi escuela logró soportarlo. Dos personas murieron, una de ellas era poco más que un bebé.
En el colmo de las ironías, dada ahora la situación, Henri Parot formaba parte de ese comando.

Por supuesto, ese no fue mi último acercamiento a la banda armada. Uno no puede criarse en el Madrid de los 80 y los 90 sin tener tres o cuatro anécdotas de éstas.
Algún desalojo, algún atasco interminable, alguna manifestación en Sol, algún “seguro que le ha pillado un atasco” para no preocuparte por la amiga que llega tarde un día de atentado…

Ese fue el Madrid en el que crecí. En el que muchos de nosotros crecimos.

Por eso, ver lo que vi ayer en las noticias, ver y leer todo lo que se ha dicho en la última semana, me hace oscilar entre el asco y la pena.

La Doctrina Parot era una chapuza de principio a fin. Puede que la ley sea un asco y permisiva e injusta, pero es la ley. Y es igual para todos.

Sorprendentemente, lo de aplicarla o interpretarla o parchearla de una forma u otra según te guste más o menos la persona a juzgar, no está bien. Y lo impresionante no es que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (que por cierto, sí forma parte del sistema jurídico español) haya tenido que venir a decírnoslo. Lo impresionante (por no decir repugnante) es que haya tenido que venir alguien a decírnoslo y que encima nos parezca mal.

Y ahora, los políticos, después de décadas de lanzarse las víctimas los unos a los otros como malos padres en un divorcio complicado, se persignan y lamentan por decisiones que ellos debieron haber tomado en primer lugar.
Nadie reconoce culpa, nadie acepta responsabilidad, ni muchísimo menos un error. Los de Estrasburgo no saben lo que fue crecer en Madrid o en el País Vasco así que no pueden opinar. Y el derecho, la justicia y la legalidad la dejamos para otros presos. Porque la ley es igual para todos, siempre y cuando nos parezca bien. Eso sí, escandalizándonos mucho por lo que hacen otros gobiernos o criticando al de Estados Unidos por Guantánamo.

Pero es que estos son nuestros etarras y nos los follamos como queremos y si no te gusta, no mires.

Eso sí, lo de ser coherentes aún no lo dominamos

Eso sí, lo de ser coherentes aún no lo dominamos

Luego están los periódicos, haciendo su agosto con cálculos ridículos sobre cuantos años por muerto le han caído al terrorista en cuestión para dejar bien claro que asesinar es casi gratis. Como si no hubieran pasado ya 25 años en la cárcel, como si esos 5 años de diferencia pudieran suponer alguna clase de consuelo. Como si pagar 1,3 años por víctima fuera mucho mejor que pagar 1,2.

Eso los que no están dando coba a teorías de la conspiración que insinúan que un tío (elegido por el propio Tribunal para formar parte de él) puede convencer a otros 16 compañeros con buenas palabras y un par de rondas para que ZP (que ha pasado de ser medio idiota a tener una mente que ni la de Maquiavelo en un tiempo récord) pueda cumplir una promesa al grupo terrorista, dos años después de dejar de ser presidente del gobierno. Pues claro.

Nuestro código penal  no es precisamente ejemplar, aunque no es algo nuevo. Las penas son ridículamente altas para algunas cosas y estúpidamente bajas para otras. Pero eso no es culpa de Estrasburgo, ni de los Derechos Humanos, ni mía por decir que la ley está para cumplirla igual para todos, me guste o no.

Sin embargo, para sorpresa de nadie, la prioridad de los políticos no ha sido crear un nuevo código penal que no de vergüenza ajena, ni garantizar la seguridad de las víctimas, ni prometer una fuerza de choque para controlar a los etarras excarcelados.
La prioridad ha sido intentar conservar votos y gritar “tú más” más fuerte que el otro, insinuando (o diciendo abiertamente) sin ningún pudor que no ir a la manifestación en contra de la derogación de la Doctrina Parot es estar en contra de las víctimas. Porque estar a favor de las leyes es ETA también.

Después de años de utilizar a las víctimas, de exacerbar su dolor, de enquistar su rabia, abrir y reabrir heridas e infectarlas con basura política una y otra vez, ahora tienen miedo de que su propia estrategia se vuelva en su contra. La sentencia debe ser acatada, pero eso podría tener un alto precio electoral y no saben ni cómo manejarlo. Y lograr manejarlo, ahora mismo, es lo único que realmente importa. Aunque, claro, siempre se puede hablar del tiempo, ¿eh, señor Rajoy?

"prefiero cortarme este pulgar a implicarme en esto", dijo el presidente

“prefiero cortarme este pulgar a implicarme en esto”, dijo el presidente

Ayer tuve que oír cómo miles de personas acusaban a los jueces, al Tribunal Supremo y al Constitucional de no hacer nada por las víctimas. Nadie va a criticarlo, ningún político pondrá el grito en el cielo, porque éste no es momento de soliviantar a las víctimas. Supongo que el que los jueces y los fiscales hayan sido uno de los sectores más atacados, es un detalle sin importancia. A Tomás y Valiente, por ejemplo, le mataron por su habilidad con las canicas.
Pero nadie dirá nada, porque lo que importan son los votos.

Llevo todos estos días con una frase de una película en la cabeza, no soy capaz de dejar de pensar en ella:

“Me arrancasteis de los brazos de mi madre como dos monstruos en un cuento de hadas. ¡Y ahora lloras! No tienes lágrimas suficientes para lo que me habéis hecho”.

Señores políticos, os habéis pasado décadas usando el dolor y la tragedia ajena para ganar popularidad y elecciones sin importaros en lo más mínimo el daño que vuestros actos causaban. Sin preocuparos de no permitir jamás sanar y seguir adelante, enclaustrando a esas personas en un estado permanente de víctimas que no pueden ni deben olvidar, porque superarlo supone traición a los muertos.
Os habéis pasado décadas manipulando personas y emociones, ¿y ahora lloráis? Espero sinceramente que tengáis lágrimas suficientes para hacerlo.

Espero que os ahoguéis en ellas.

Miedos absurdos

Hace unos años tuve una infección en el riñón que recuerdo con auténtico horror. Por ciertos errores médicos que ahora no vale la pena mencionar, tardaron casi 6 días en darme un diagnóstico correcto y, en consecuencia, el tratamiento adecuado.
Fueron 6 días de un dolor lacerante e insoportable que no me permitía ni respirar. Un dolor horripilante que hizo que dudara si los vómitos fueron sólo por la infección y si los delirios fueron únicamente producto de la altísima fiebre.
Una tortura interminable que me permitió comprender por qué los Longbottom optaron por la demencia y que subió puntos enteros mi admiración por todas y cada una de las mujeres que han decidido tener más de un hijo a propósito. Porque si el parto doliera la mitad de lo que dolió aquello, nadie tendría hermanos.
¿Exagerada? Eso sólo lo pensaría alguien que nunca ha pasado por algo semejante. Casi una década después siento escalofríos sólo de pensarlo.

Esta alegre anécdota no ha surgido sólo porque sí. Fue lo primero que vino a mi mente hace unas semanas cuando tuve una conversación tipo “¿Cuál es tu mayor miedo?”.
Bien, siendo yo con la gente con la que me suelo relacionar, en realidad la pregunta fue “¿Qué forma adoptaría tu boggart?” (no-fans de Harry Potter, la explicación aquí), pero para el caso es lo mismo.

Dementor_Boggart

Alguien que me conozca bien pensaría que mi mayor miedo serían los dentistas (otra historia para no dormir, es más, creo que el guionista de esta película conoce al cirujano que me quitó mi primera muela del juicio).

Alguien que me conozca muy bien pensaría que mi mayor miedo es no tener algo completamente bajo control, que es algo que tampoco me entusiasma excesivamente.

Pero la triste verdad es que lo que me aterroriza hasta la parálisis es un órgano de mi propio cuerpo. Diez años después del incidente, sigo yendo al médico en pánico ante la más mínima molestia en la zona lumbar, no vaya a ser.

No es que lo tenga en mente todo el tiempo, de hecho rara vez pienso en ello y sin embargo he adquirido hábitos por su causa de los que ni soy consciente. Como me causó un dolor inenarrable hace unos años, ahora vivo a la orden de sus caprichos y soy más que capaz de alterar mis rutinas por su causa. ¡Soy víctima de mi propio riñón!

Parece inofensivo, pero en realidad es un cruel sádico que disfruta del dolor ajeno

Parece inofensivo, pero en realidad es un cruel sádico que disfruta del dolor ajeno

Lo que soy es absolutamente irracional (por si había que aclararlo). Es lo que tienen los miedos, que la mayoría no tienen demasiada explicación ni siquiera cuando están basados en antecedentes. Porque el escenario apocalíptico que fabricamos en nuestra cabeza siempre es mil veces peor que la realidad.

Lo cierto es que seguir asustada a estas alturas es absurdo. Ya sé reconocer los síntomas y me cuido mucho más que entonces. Las posibilidades de que vuelva a pasar algo parecido son prácticamente nulas. Incluso poniéndonos en el peor de los casos, incluso aunque vuelva a tener una infección, sé que no volveré a pasar 6 días en agonía hasta que a alguien se le ocurra hacerme un análisis y/o una ecografía.

Es hora de asumir que el dolor insoportable no volverá.

Y lo que eso implica da casi tanto miedo como todo lo anterior.

Porque, por supuesto, aunque la anécdota de la infección ocurrió y no le deseo esa experiencia ni al peor de mis enemigos y me aterra volver a sentirme así… ese no es mi peor miedo.

Aunque se le parece mucho. Es casi igual de absurdo.

Recomendaciones para un fin de semana de septiembre

Entre el millón de cosas que se podrán hacer este fin de semana en Madrid, hay dos a las que me habría gustado especialmente ir, pero por motivos más o menos ajenos a mi voluntad va a ser totalmente imposible:  EuroSteamCon y el Phenomena Experience.

Pero vayamos por partes:

EuroSteam Con

EuroSteam Con es un conjunto de eventos a nivel europeo relacionados con el Steampunk y organizado por un tal Marcus Rauchfuß.

No es que sea especialmente aficionada al tema, pero parece que Mikel López Iturriaga (sí, es hermano de Juanma y además escribe en El País) sí  lo es y lo comentaba ayer en su blog El Comidista (blog que deberíais seguir si os gusta cocinar y/o un estilo de escribir un poco ácido y sarcástico).

Lo primero, ¿qué es el Steampunk? Aunque me interesa y me llama la atención, no soy especialmente aficionada, así que ruego que los expertos me perdonen si comento algún error.
El steampunk comenzó como una corriente literaria que mezclaba la era victoriana con la ciencia ficción. Su premisa principal es que las fuentes de energía y la tecnología que conocemos no existen así que todo funciona con sistemas hidráulicos, vapor y mucho engranaje.
Probablemente no es la mejor definición del mundo, así que si queréis más detalles os recomiendo una visita a la wikipedia o un paseo por google, que os darán mucha más información que yo (que tampoco es difícil).

Prácticamente todo lo que yo sé del tema lo descubrí en una serie de cómics del mismo nombre de los grandísimos Chris Bachalo (a los lápices) y Joe Kelly (en el guión) y en La Liga de los Hombres Extraordinarios (los tebeos, no la película) con el no menos grande (y a veces incompresible) Alan Moore y dibujada por Kevin O’Neill.

Como en cualquier género literario, hay historias mejores y peores, pero la estética, en cualquier caso, me parece sumamente llamativa. ¿Cómo no va a gustarme? Vestuario victoriano y aparatitos futuristas, no se puede pedir más.

Portada de Chris Bachalo para el cómic Steampunk. Vale, ropa no hay mucha, pero las armas super chulas lo compensan

Portada de Chris Bachalo para el cómic Steampunk. Vale, ropa no hay mucha, pero las armas molonas lo compensan.

Como nunca he ido a una convención así, no me atrevo a recomendaros nada pero apuesto que habrá exposiciones bastante interesantes y las charlas serán, como mínimo, curiosas.

Lo que más me ha llamado la atención es ver que existe una comunidad steampunk tan activa en España porque es algo que jamás habría dicho. Durante estos dos días, habrá varias actividades en Madrid, Barcelona, Bilbao, Orense, Sevilla y Zaragoza. No está nada mal.

Sé de muchas otras asociaciones de aficiones que podrían considerarse alternativas (aunque mucho más conocidas) que serían absolutamente incapaces de organizar algo así en varias ciudades de la península, no hablemos a nivel europeo. Y no, no estoy mirando a nadie, paranoicos mal pensados.

Todo esto os lo cuento, no por simple altruismo, con un poco de suerte alguno se animará a ir y me hará el favor de mandarme las fotos, porque me muero de curiosidad.

Phenomena Experience

El otro gran evento al que me habría encantado ir este fin de semana es el Phenomena Experience que tendrá lugar hoy en Barcelona y el domingo en Madrid.

El Phenomena, que poco a poco va haciéndose cada vez más conocido (lo que me parece fatal porque entonces las entradas se acabarán antes), es a grandes rasgos una excusa para la nostalgia. Lo que pretenden, dicen casi literalmente en su web, es recuperar la ilusión de esas películas que nos marcaron cuando éramos pequeños.

Y viendo las películas que traen este fin de semana, desde luego lo consiguen: En Busca del Arca Perdida y ¿Quién Engañó a Roger Rabbit? ¿Se puede ser más ochentero que eso? ¿Se puede molar más que eso?

Todo un homenaje a George Lucas y dos de las películas que más grimita (pero de la buena) me daban cuando era pequeña. ¿Quién no ha visto alguna vez el final de El Arca con las manos en la cara y mirando entre los dedos sin querer mirar pero sin poder evitarlo? Por cierto, alguien debería investigar la obsesión por derretir personas (o nazis y dibujos animados, para el caso) que parece tener esta gente.

Cartel Promocional del Phenomena

Cartel Promocional del Phenomena

El no ir ha sido una decisión totalmente meditada entre dos disyuntivas igual de interesantes, pero no ha sido una elección fácil así que quiero que sepáis que todo el que tenga entrada me cae mal en este momento. Y posiblemente en un futuro próximo.

Y si no la habéis conseguido, bueno, es una lástima, pero vuestro dolor palidece ante mi terrible sufrimiento así que no me dais ninguna pena. Nunca he creído en eso de mal de muchos.

Ahora en serio, espero sinceramente que los dos eventos vayan muy bien y sean un éxito de crítica y público porque siempre está bien tener alternativas de ocio originales y baratas.

Y sobre todo, porque eso significará que habrá más ediciones y con un poco de suerte yo podré ir.

50 Sombras de venga ya, hombre

Pues resulta que este mes de septiembre ha tenido castings controvertidos más allá de Ben Affleck en el papel de Bruce Wayne para la secuela de ese engendro que ha sido Man of Steel (y de lo que no os quepa duda que hablaré en algún momento).

La autora de la saga 50 Sombras por fin ha revelado quién encarnará a sus personajes en la pantalla grande y parece ser que la elección no ha entusiasmado a los fans, precisamente.

Lo que me desconcierta de este tema no es la reacción airada de los seguidores de la serie, que estas cosas pasan siempre. Y tampoco voy a entrar en si Dakota Johnson (hija de Don Johnson y Melani Griffitt, lo que supongo que la convierte en hijastra de Antonio Banderas) y Charlie Hunnam harán un buen trabajo o no. No creo haberles visto actuar jamás y si lo he hecho no lo recuerdo (lo que no tiene por qué ser necesariamente malo).

Les presentamos a Anastasia Steele y Christian Grey

Les presentamos a Anastasia Steele y Christian Grey

Mi problema con esto es el fenómeno de 50 Sombras per sé.

Quiero decir… entiendo lo que es ser fan y la histeria por tu actor, cantante, autor o dibujante de cómics favorito (y el que siempre tartamudee delante de Mark Buckingham no tiene nada que ver).
Entiendo que hay chicas que se desmayan sólo por tener a Mario Casas cerca, comprendo que hay gente en el mundo que de verdad querría casarse con el Edward de Crepúsculo y hasta acepto que vivo en un planeta en el que una carita sonriente de Justin Bieber recibe cientos de miles de retuits. Puede no gustarme, pero lo entiendo. En serio.

Blanca Nieves y Lobo para Mark Buckingham para la web Trazos en el Bloc

Blanca Nieves y Lobo by Mark Buckingham para la web Trazos en el Bloc.

Lo de la saga de E.L. James va más allá de lo que puedo entender.

Me parece muy bien que te gusten los relatos eróticos. Incluso los abiertamente pornográficos. Como si tienes una cuenta premium en todorelatos o toda la colección de la sonrisa vertical, pero lo de ir leyéndolo en el metro… No sé, hay cosas que yo, personalmente, prefiero mantener en el ámbito privado. Que a lo mejor resulta que soy una mojigata, pero no termino de verle la gracia a que todo el mundo en un vagón saturado sepa que voy más caliente que el pico de una plancha. Quizás soy rara.

Aunque, bien, vale, sucumbes al márketing y a la presión social y decides hacerte con un ejemplar y te lo lees donde consideras pertinente, con todo el exhibicionismo que quieras que para eso eres tú quien está leyendo. Yo también lo hice, lo confieso (leerlo, las historias de exhibicionismo las dejo para post que no corran el riesgo de ser leídos por ningún hombre con quien comparta apellido).

La diferencia está en lo que haces cuando lo terminas. Mi reacción fue pensar “Oh, Jesús. Y habrá gente que pague dinero por esto”.
Pero es que hay por ahí toda una horda de seres humanos que al terminar piensan “Oh, Jesús, qué bonito, estoy deseando leerme el siguiente”.

Y eso es lo que yo no entiendo.

Para empezar, la historia está tan trillada que ni siquiera es suya: hasta la autora reconoce que es una mala adaptación de Crepúsculo llevada al mundo del sadomasoquismo. Bueno, acepta lo de la adaptación, supongo que le costará un poco más aceptar en público que parece que está escrita por una niña cursi y poco lista de 3º de la ESO (sin querer ofender a ninguna chica de la ESO).

Las tan alabadas escenas de sexo se pueden contar con los dedos de una mano y son tan poco creíbles que te hacen pensar que los hijos de E.L. tienen que ser adoptados porque esta mujer no ha podido tener sexo de verdad en la vida.
Aunque visto de otra forma, si tiene la facilidad de Anastasia Steele para llegar al orgasmo, entonces es una persona increíblemente afortunada.

Pero es que, además, los personajes son para darles de bofetones hasta que se te caiga la mano sólo para ver si espabilan un poco.

Aquí es cuando empiezo a destrozar el libro paso a paso. Si por casualidad quieres leértelo este es el momento de buscar otro blog para hoy. Si por el contrario, aunque sientes curiosidad tienes aprecio por tus neuronas, sigue aquí y ahórrate sufrimiento.

Christian Grey es, en apariencia el sueño de toda chica: guapo, divertido, rico, inteligente… Sólo tiene un minúsculo problema. ¿Qué le va el sado? No. Mientras sea consentido y les guste a los dos, soy muy fan de que cada uno haga en su cama (o la superficie que prefiera) lo que considere oportuno.
El pequeño secreto del perfecto Señor Grey es que es un saco de traumas que necesita un psicoterapeuta con notable urgencia.
Resulta que al bueno de Christian le gusta jugar duro en el sexo porque su madre biológica le maltrataba de pequeño.  Parece ser que a los señores Grey no se les ocurrió nunca llevar a un niño maltratado a terapia cuando lo adoptaron porque el pobre Chris siempre se sintió diferente al resto de sus hermanos (este es un momento muy tierno, recordadlo). Pero no pasa nada, porque una amiga de su madre adoptiva se da cuenta de su problema y para ayudar decide enseñarle los caminos del BDSM ¡a los 15 años!
Muy lógico y sano todo y estupendo para ayudar a desmitificar y normalizar este tipo de parafilia (que es una de las principales cualidades que le atribuyen al libro).

Anastasia Steele debería entrar directamente en la antología de personajes femeninos que avergüenzan mucho a sus congéneres.
Cada vez que oigo/leo decir a una chica que quiere ser como Anastasia me entran ganas de preguntarle si su aspiración en la vida realmente es ser insegura, manipulable y más bien poco inteligente.
Aunque acepto que no todo el mundo es aficionado a la tecnología, digo yo que una recién licenciada por una de esas universidades que no están al alcance de todos en los Estados Unidos debería saber, por lo menos, encender un portátil sin que parezca que ha necesitado una ingeniería informática.

Y luego está lo de la diosa interior que le habla y frunce el ceño. ¿Qué diablos se supone que es eso? ¿Oye voces? ¿Es un principio de doble personalidad? ¿Le pide que queme cosas? No nos vamos a engañar, la historia ganaría puntos enteros si la diosa le empezara a dar instrucciones para que los matara a todos.

Por no hablar del hecho de que deja que Christian le haga lo que le salga de las narices (o de otra parte del cuerpo) no porque sienta curiosidad o porque quiera probar cosas nuevas. La única motivación de Anastasia es que él la quiera, que es exactamente el ejemplo que queremos dar a las nuevas generaciones. Todo el tema masoquista le apetece más bien poco y le da más mal rollo que otra cosa. Pero si hay que dejarse azotar para conservar a tu novio, pues te dejas, puñetas. ¿No he mencionado ya que es rico y guapo?

Y además está encantada con un novio controlador y agobiante que parece ser que es lo que queremos todas. Y yo sigo pensando que debo de ser rara porque a mí se me presenta un tío en mi graduación o en una fiesta con mis amigos sin que le haya invitado y me mosqueo. Me persigue al otro extremo del país mientras estoy de vacaciones y directamente llamo a la policía. Pero no… resulta que eso es romántico.

Y esta, señoras y señores, es la pareja romántica de moda. Hacen que Bella y Edward parezcan normalitos, pero las mujeres se lo leen como si fuera algo a lo que aspirar.

Podría ser peor

Podría ser peor. Podrían ser Christian y Anastasia.

Si a pesar de mi sutil crítica sigues queriendo leerte este despropósito al que llaman libro, te recomiendo que lo hagas con el acompañamiento de la lectura en directo que hicieron en la web de Norma Jean. El libro seguirá siendo un asco, pero al menos te reirás en el proceso.

Y luego leed Jane Eyre, por favor, aunque sólo sea para compensar.

Aprender a Quejarse

En este país nos quejamos poco, al menos como clientes, pero sobretodo nos quejamos mal.

Esta es una de esas afirmaciones que puede entrar en la antología de “echarse piedras sobre su propio tejado” teniendo en cuenta a lo que dedico mis horas de trabajo. Aunque supongo que, precisamente por eso, no dejo de alucinar profundamente con las cosas que me encuentro todos los días.

No se trata únicamente de que no conozcamos nuestros derechos como consumidores, que no tenemos ni idea. Eso no me preocupa, se soluciona consultando a Facua o a la OCU o cualquier de los varios cientos de webs y blogs que hay por ahí al respecto.

Lo que me llama la atención es el altísimo porcentaje que llama convencido de que las empresas (en general, independientemente del sector o tamaño) forman parte de un intrincado gobierno en la sombra con poder para hacer cosas que rozan la magia. Más o menos una mezcla entre el Hogwarts de Harry Potter y el FBI de Fox Mulder.

Muy bonito pero poco práctico para montar unas oficinas

Muy bonito pero poco práctico para montar unas oficinas

 

Si de verdad queréis conseguir que os hagan   caso, he aquí algunas cosas que deberíais tener en cuenta la próxima vez que queráis reclamar algo, sobretodo si no es a una macro corporación.

Si eres amable con ellos, suelen ser amables contigo

Es verdad que no siempre pueden ayudarte. Pueden ser problemas de políticas de empresa, puede ser mala organización en el servicio (lo que pasa bastante en empresas grandes o con el departamento de atención externalizado) o puede ser el universo conspirando.

Eso no significa que la persona que te esté atendiendo en un mostrador, al otro lado del teléfono, correo electrónico o red social correspondiente sea un vago, un pasota, una mala persona o cómplice de una organización de timadores.
La mayoría sólo trabaja ahí e intentan hacer su trabajo lo mejor posible igual que el resto.
Y si te pones agresivo, lo normal es que el otro se ponga a la defensiva.

Un gerente de restaurante con el que salía hace años solía ser sorprendentemente solícito con la gente que ponía una hoja de reclamaciones, tuvieran razón en su reclamación o no. Si habían sido educados, no habían perdido los nervios y, sobretodo, no habían tratado mal a sus empleados, no sólo les llevaba la hoja (lo que es obligatorio por ley) si no que les explicaba detalladamente cómo tenían que rellenarla y dónde debían llevarla para que Consumo tuviera constancia.
Si tenían razón, además no pagaban la cuenta.

No importaba si los clientes estaban enfadados o no, si habían sido secos o si no habían querido escuchar justificaciones. Lo único que pedía era que fueran educados y tratasen a los camareros con el respeto que merecen.
No parece mucho pedir, pero las estadísticas demuestran que lo era.

La diferencia entre gritar e insultar o mantener la calma puede ser la diferencia entre que tu interlocutor se limite a hacer lo mínimo imprescindible (o menos) o que de verdad busque la forma de ayudarte.

Las empresas no hacen magia

Es comprensible que quieras una solución para tu problema y lo quieras lo antes posible, pero, por increíble que parezca, la magia no existe y la teletransportación, por el momento, sólo es real en la ciencia-ficción y para los superhéroes (aunque se está trabajando en ello).

A veces hay que hacer un poco de investigación para averiguar exactamente qué ha pasado y poder dar una solución, a veces las mensajerías pierden los paquetes y a veces, lo que tú crees que es un servicio enorme en una empresa en Nicaragua, en realidad son una o dos personas en una oficina a 10 minutos del centro que lo hacen lo mejor que pueden.

Y ahora, repetid conmigo: los community managers son personas, los community managers son personas, los community managers son personas.
Eso significa que no viven pegados a una pantalla de ordenador y de vez en cuando hasta duermen.

Siempre dentro de unos límites aceptables, un poquito de paciencia nunca ha matado a nadie.

Los contestadores automáticos no muerden

Salvo que seas uno de los marcianos de Tim Burton y tengas una sensibilidad mortal a determinadas frecuencias acústicas como pueden ser los pitidos de los buzones de voz, en general los contestadores automáticos son bastante inofensivos, así que no pasa nada si dejas un mensaje.
Y si dejas un nombre y un número de teléfono de contacto hasta te podrías sorprender de los resultados.

Es poco probable que algo así ocurra

Es poco probable que algo así ocurra

Es verdad que puede ser que no siempre suceda, pero en general, si alguien se ha molestado en configurar uno de esos servicios, suele ser para darle utilidad y ya que te has molestado en llamar, al menos prueba, que no tienes nada que perder. Y así, además, la persona encargada de escuchar los mensajes no tiene que oír “vaya mierda” seguido de un clic 25 veces al día. Todo son ventajas.

No todo es una conspiración

Si te piden tu nombre, en la mayoría de los casos es simplemente para poder dirigirse a ti o poder localizar tus datos en caso de que los tengan. No para apuntarte en una lista de personas non gratas para esa organización.

Si te piden una dirección, será porque:
a) van a mandarte publicidad en algún momento del futuro.
b) van a mandarte la resolución de tu queja por escrito.
c) van a reponerte el producto por el que has reclamado.

Habitualmente no hay ninguna opción d) que implique un grupo de caballeros con bates de beisbol especialmente interesados en tus rótulas, en serio.

Y, de verdad, cuando una empresa quiere recoger un producto defectuoso, no es para ocultar las pruebas en un bunker secreto en medio del desierto. Con mails, conversaciones telefónicas (normalmente grabadas) y un ejército de amigos y familiares a los que se lo habrás contado (por no hablar de las redes sociales), se necesitaría uno de esos aparatitos con flash de Men in Black para hacer que todo el mundo lo olvidara.
La mayoría de las veces, sólo querrán comprobar qué ha pasado porque realmente no tengan ni idea.

Déjate ayudar

Como todas las recomendaciones para escribir blogs aseguran que la gente no llega al final de las entradas, quizás debería haber puesto esta recomendación al principio, porque probablemente sea la más importante por muy obvia que parezca. Pero, no lo puedo evitar, me gusta dejar lo mejor para el final.

Está muy bien que llames con la única intención de quejarte porque estás en tu perfecto derecho. Pero si además te ofrecen una solución, ¿por qué no aceptarla?

Negarte a que te repongan el producto o a que te devuelvan el importe no tiene ningún sentido. No va a hacer que la otra persona se sienta culpable y te ofrezca algo mucho mejor, probablemente aunque pudiera hacerlo (que no podrá con casi total seguridad), no se le ocurriría en ese momento.
Tampoco va a pensar que tus principios son fuertes y firmes y que no te dejas comprar por el capital.
Lo único que va a pensar es que el mundo está lleno de gente rara y se pondrá con lo siguiente.

 

Estos cuatro consejillos no obran milagros, pero sí pueden facilitarte mucho la vida. Y si con todo esto, aún así te encuentras con alguien que se niega a ayudarte recuerda el dicho: nunca discutas con un idiota, te bajará a su nivel y te ganará por experiencia.

Vacaciones Infantiles

Al fin he tenido mis muy necesarias y merecidas (y realmente cortas) vacaciones y quiero pensar que todo el mundo se alegra de que haya regresado. Menos yo, claro, que no me alegro nada y empecé a echar de menos la playa unos 45 minutos antes de subirme en el tren de vuelta.

Mis vacaciones, como las de la mayoría (sobretodo en estos tiempos) son bastante normalitas y nada glamurosas: la casa familiar en la misma playa a la que he ido desde que tenía 17 días de edad.  Y como no podía ser de otra manera, el pack viene con niños incluidos. Es lo que tienen las casas familiares.

Tampoco es mal sitio para estar

Tampoco es mal sitio para estar

Como mis hermanos y sus amigos son su propia explosión demográfica ambulante, mis tranquilos días de desconexión siempre implican un pequeño y adorable monstruito como mínimo. Y no es nada raro que sean tres o cuatro, sólo para empezar. El día que se junten todos, van a necesitar su propia guardería y probablemente haya lista de espera.

Como yo no tengo hijos, lo cierto es que alucino un poco cuando hay que prepararse para salir a tomar el sol. Una, cuando va sola, coge toalla, libro, gafas de sol, llaves, una botellita de agua y algo de dinero suelto por si apetece tomar algo más y ya bajo con la sensación de que voy cargada como una mula.

Ir con niños implica una bolsa para toallas y ropa para cambiarse; la bolsa de los juguetes; el flotador, manguitos, colchoneta y/o cualquier otro objeto hinchable y que ayude a mantener la cabeza del niño por encima del nivel del agua; el almuerzo, que va en bolsa a parte porque la leche, el zumo, las galletas, los potitos, la fruta y las tortas de maiz ocupan bastante; la sombrilla y la otra sombrilla porque hoy vienen los primos y mejor bajamos dos; y por supuesto, no podemos olvidarnos los varios litros de crema para incordiar a los críos (y a los adultos sin hijos) cada rato.

Y eso para tres horas de playa.

No entiendo como aún no hay servicios de porteadores en los paseos marítimos para ayudarte en el trayecto de vuelta a casa en el que, además, tienes que cargar con el crío absolutamente agotado.

A estas alturas estaréis pensando “menuda quejica”, pero nada más lejos de la realidad. Me impresiona mucho toda la parafernalia, pero me lo paso genial con los enanos, sobretodo porque la tía, cuando ya no puede con su alma y necesita derrumbarse en la toalla y morirse un rato (por piedad), puede decir aquello de “pregúntale a papá, cariño, que seguro que él juega mejor que yo”. A veces hasta cuela.

Y sí, sin duda damos el espectáculo cuando llegamos en plan invasión germana y tomamos posesión de media playa. Y sí, los niños llaman mucho la atención cuando empiezan a gritar muertos de risa porque papá o mamá o el tío les están persiguiendo y haciendo muchas cosquillas.

Y cuando los “adultos” entran en modo ingeniero de minas mientras cavan el hoyo correspondiente del día, pondría sillas, un puesto de palomitas y empezaría a cobrar la entrada.

Y los dioses saben que yo acabo con moratones y agujetas por todo el cuerpo y más que dispuesta a subvencionar una investigación para desarrollar el botón de apagado de sobrinos.

Pero cuando pienso en el padre de detrás de nosotros, que no encontró 10 minutos para jugar con su hijo a las palas o las dos crías de un poco más allá a las que no las dejaban moverse de debajo de la sombrilla…

Y veo las fotos y los vídeos que hacemos. Y mi sobrina me pregunta por teléfono cuando vuelvo a ir a jugar con ella…

Bueno… mis vacaciones nos estarán llenas de glamour, pero desde luego hay destinos peores.

Consiguiendo el nuevo trabajo

Entre los cambios de esta temporada, el más importante (al menos para mí) es el trabajo nuevo. Ahora mismo llevo un servicio de atención al consumidor de una empresa internacional de alimentación. Por aquello de no hacer publicidad y el qué dirán omitiré el nombre, pero cualquiera que entre en mi perfil de Linkedin podrá hacerse una idea muy clara de que probablemente ahora mismo, en vuestra cocina más cercana, haya una botella de aceite con el nombre de mi empresa en alguna parte de su etiqueta.

Si os preguntáis de dónde salió este trabajo nuevo, he de confesar que no sois los únicos. Porque por interesante que pueda llegar a ser lo que estoy haciendo ahora, el proceso de selección, desde luego, lo fue mucho más.

La primera noticia que tuve fue una llamada/entrevista telefónica de una empresa de selección de personal sobre una oferta en la que me había inscrito unos meses atrás. Considerando mi desesperación por encontrar algo de esa época, eso sólo lo reducía a unas 100.000 opciones. Además, hay que tener en cuenta que no mandaba el mismo currículum siempre, sino que lo adaptaba a la oferta, así que no tenía ni idea de cuál de las 18 versiones estábamos hablando.

No creo que pueda llegar a explicar lo que es hacer una entrevista sorpresa sobre una oferta que no recuerdas sin tener claro que ponía en el curriculum que la amable señorita tiene delante. No es como hacer un examen sorpresa sin haber estudiado, creo que sería más como hacer un examen sorpresa sin tener muy claro ni en que asignatura estás.

Es probable que mi cara fuera algo parecido a esto

Es probable que mi cara fuera algo parecido a esto

Supongo que con los años he perfeccionado ese bonito arte de hablar sin decir nada realmente comprometido pero pareciendo que sí, tan típico de los políticos y los relaciones públicas, porque unos días después estaba en la segunda fase del proceso, y en la entrevista de trabajo más surrealista jamás contada, con mi actual jefe.
Él dice que no se le da bien hacer entrevistas y que por eso se dedica a charlar. Yo creo que es alguna clase de plan perverso para descubrir la capacidad de los candidatos para reaccionar ante lo inesperado.

Aún no tengo muy claro lo que pasó. Sólo sé que empecé contando mi experiencia previa y de pronto estaba hablando de Expocómic, sus autores, algunos cotilleos y anécdotas varias surgidas de mis tiempos en su departamento de prensa.
Un rato después, parecía que la entrevista había retomado los cauces normales de estas cosas, pero antes de darme cuenta estaba explicando por qué prefiero los cómics de superhéroes a los mangas.
No sé muy bien cómo, pero en algún momento el tema derivó a Aaron Sorkin, el Ala Oeste de la Casa Blanca y las muchísimas ganas que tenía de que llegara la segunda temporada de The Newsroom (y si no la estáis viendo, ya estáis tardando).

La parte buena, conseguí pasar a la fase 3. La parte mala… ahora mi jefe me amenaza con hacerme spoiler cuando quiere meterme prisa con algo.

La tercera entrevista fue con Recursos Humanos y mucho más normal, aunque también tuvo sus momentos. Cuando me preguntaron por mi rango salarial, fui de esas personas raras (y algo insensatas) que opta por la sinceridad. La pobre mujer me miró con seriedad (y juraría que con algo de impaciencia) y me dijo “hablo del sueldo completo, incluyendo los complementos”. Cuando le confirmé que eso era mi sueldo completo me volvió a mirar, esta vez con sorpresa: “bueno, tendrías tus ventajas sociales, ¿no?”. Cara de circunstancias, niego con la cabeza. Ella empieza a parecer escandalizada: “Al menos te pagarán el transporte”. Y mientras vuelvo a negar, no puedo evitar elevar una plegaria de agradecimiento por ser capaz de controlar el inminente ataque de risa.
El resto de la entrevista fue bien, pero aún estoy casi segura de que la buena mujer se quedó con ganas de darme un abrazo o un bocadillo para el camino.

La cuarta llamada se hizo de rogar y cuando me dijeron que en vez de confirmarme si me iban a dar el puesto o no, iba a tener una nueva entrevista, comencé a impacientarme un pelín. Pero, ea, vale, otra entrevista tendríamos, esta vez con el director general.

Para dejarlo claro, aunque las comparaciones son odiosas, sólo diré que para conseguir el trabajo de teleoperadora para cierto banco de color rojo en el que tenía acceso a información realmente sensible de un montón de gente, tuve una única entrevista con otras 6 personas de no más de 15 minutos de duración.
Este proceso, que más tarde supe que había durado más de seis meses, requirió tres filtros y el visto bueno del señor que dirige la compañía. Supongo que para algunas empresas, el trato con sus clientes es más importante que para otras.

Eso sí, cuando llegó la quinta llamada yo ya tenía muy claro que si era para otra entrevista, más valía que fuera con el Emperador Palpatine en persona.

El siguiente escalafón ya era Emperador de la Galaxia

El siguiente escalafón ya era Emperador de la Galaxia

Pero no, fue para firmar un contrato indefinido con un buen sueldo, ventajas sociales y la compensación completa del sueldo en caso de baja.
Sí, sé que teniéndolo todo en cuenta, me ha tocado la lotería.

Explicar a qué me dedico en mi día a día no es del todo fácil. Por supuesto hay mucha gestión telefónica y algo de Redes Sociales, pero a partir de ahí…
Un día me puedo encontrar inmersa en las maravillas de la química orgánica (que no es nada maravillosa cuando eres tan de letras como servidora), otro puedo estar haciendo una tesis sobre transgénicos y el siguiente irme de excursión a una empresa de realidad virtual.
Hay dos cosas fantásticas en este curro: nunca me aburro y no dejo de aprender. Tener conversaciones realmente divertidas con lo más variado que puede ofrecer este país, es sólo un bonus extra.

Desde luego, podría ser peor…